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	<title>Journal de Etica y Cine</title>
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		<title>Notas de Viaje. Di&#225;logos de bio&#233;tica y cine en tiempos de pandemia</title>
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		<dc:date>2023-02-27T13:12:34Z</dc:date>
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		<dc:language>es</dc:language>
		<dc:creator>Boris Juli&#225;n Pinto Bustamante; Universidad El Bosque, Universidad del Rosario, Colombia, Felipe Ram&#237;rez Gil; Universidad El Bosque, Colombia</dc:creator>



		<description>&lt;div class='spip_document_1575 spip_document spip_documents spip_document_image spip_documents_center spip_document_center'&gt;
&lt;figure class=&#034;spip_doc_inner&#034;&gt; &lt;img src='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/notas_de_viaje.jpg' width=&#034;329&#034; height=&#034;500&#034; alt='' /&gt;
&lt;/figure&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;Boris Juli&#225;n Pinto Bustamante - Felipe Ram&#237;rez Gil (comps.)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Editorial Universidad El Bosque&lt;br class='autobr' /&gt;
Bogot&#225; - Colombia&lt;br class='autobr' /&gt;
Julio 2022&lt;/p&gt;

-
&lt;a href="https://journal.eticaycine.org/-Volumen-13-Nro-1-" rel="directory"&gt;Volumen 13 | Nro 1 | Marzo 2023&lt;/a&gt;


		</description>


 <content:encoded>&lt;div class='rss_texte'&gt;&lt;p&gt;La noci&#243;n contempor&#225;nea del t&#233;rmino &#8220;epidemia&#8221; no se corresponde con su significado original. El vocablo griego &lt;i&gt;epid&#275;m&#237;a&lt;/i&gt; remite al significado de &#8220;visita&#8221; o &#8220;llegada a un lugar&#8221; y fue utilizado, en el contexto de la pr&#225;ctica m&#233;dica en la Grecia antigua, para referirse a la visita del m&#233;dico a la ciudad, al domicilio de su paciente, o la visita del paciente a su m&#233;dico. Posteriormente este significado original, relativo al tr&#225;nsito y la visita pasajera, experiment&#243; una derivaci&#243;n nosoc&#233;ntrica hasta las &lt;i&gt;notas de viaje&lt;/i&gt; del m&#233;dico en su ruta itinerante, y luego, al concepto de &lt;i&gt;visitaci&#243;n&lt;/i&gt; de una enfermedad for&#225;nea, desconocida, que ingresa en la comunidad y afecta a sus habitantes (Pino Campos y Hern&#225;ndez Gonz&#225;lez, 2008).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El COVID-19 ha transformado la cotidianidad de todos los habitantes del planeta. Este libro nace gracias al esfuerzo de cinco instituciones acad&#233;micas de Am&#233;rica Latina y Europa por contribuir, desde la narrativa cinematogr&#225;fica y la bio&#233;tica, a la b&#250;squeda de sentido en medio del absurdo que ha significado la perseverancia de la vida en medio de la pandemia. La Universidad del Rosario, el Instituto de Bio&#233;tica de la Pontificia Universidad Javeriana y el Departamento de Bio&#233;tica de la Universidad El Bosque, por Colombia; la Universidad de Buenos Aires, por Argentina; y la Universitat de VIC - Universitat Central de Catalunya, por Espa&#241;a, instituciones reunidas en el Colectivo Iberoamericano de Bio&#233;tica y Cine (CIBC), han convocado diversas miradas sobre las dimensiones bio&#233;ticas que la pandemia ha suscitado, en una suerte de persistencia de las fabulaciones del cine, la literatura y la televisi&#243;n en los modos de la vida cotidiana y sus correlatos &#233;ticos, sociales y pol&#237;ticos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Es mucho lo que se ha escrito y habr&#225; de escribirse a partir de esta experiencia global. Nuestra propuesta no aspira a la exhaustividad, ni a la reflexi&#243;n definitiva sobre un proceso hist&#243;rico inconmensurable en los planos subjetivos y comunitarios, ante el cual solo caben algunos balbuceos. Ella re&#250;ne trece escritos breves que dan cuenta de conceptos relativos a experiencias vitales y reflexiones en tiempos de pandemia, aprovechando el concurso narrativo del cine y la literatura como espejos, tanto hist&#243;ricos como dist&#243;picos, de los significados de pestes antiguas y pestes por venir &#8211;en cuanto experiencia individual, hist&#243;rica&#8211; y los aprendizajes para las pr&#225;cticas de la salud p&#250;blica, la investigaci&#243;n y la salvaguarda de los derechos fundamentales. A continuaci&#243;n, una breve sinopsis de las estaciones que propone este trayecto narrativo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En el cap&#237;tulo &#8220;Cine, pandemias y el derecho a la protecci&#243;n de datos personales&#8221;, Ana Isabel G&#243;mez, Natalia Andrea Pedraza y Jer&#243;nimo Sotomayor invitan al lector a reflexionar acerca del adecuado proceso de protecci&#243;n de datos personales a partir de las pel&#237;culas &lt;i&gt;Y la banda sigui&#243; tocando, Filadelfia, Un coraz&#243;n normal, Contagio, 93 d&#237;as, Doce monos&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;Paciente cero&lt;/i&gt;, en las que se expone la tensi&#243;n existente entre el inter&#233;s general y el derecho a la salvaguarda de esos datos, el car&#225;cter sensible de su manejo, la vulneraci&#243;n de derechos y el riesgo de estigmatizaci&#243;n y discriminaci&#243;n debido a las intromisiones en el &#225;mbito privado, a prop&#243;sito del contexto actual de pandemia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las pel&#237;culas &lt;i&gt;Y la banda sigui&#243; tocando&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;El club de los desahuciados&lt;/i&gt; inspiran el cap&#237;tulo &#8220;El cine y la pandemia del sida: lecciones y aprendizajes para la pandemia de COVID-19&#8221;. Ana Isabel G&#243;mez nos llama a considerar el derecho que tienen todas las personas a recibir atenci&#243;n integral en salud y la necesidad de garantizar el acceso a medicamentos y resultados de investigaci&#243;n a todos los afectados, independientemente de su capacidad de pago: valores como la vida, la salud, la cooperaci&#243;n y la solidaridad tienen prioridad sobre los intereses econ&#243;micos de aquellos que financian la ciencia y sus desarrollos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A partir de la novela de Jos&#233; Saramago &lt;i&gt;Ensayo sobre la ceguera&lt;/i&gt;, Boris Juli&#225;n Pinto, Natalia Botero, Juan Pablo Bocanegra y Paula Camila Olivares analizan en el cap&#237;tulo &#8220;El &lt;i&gt;Ensayo sobre la ceguera&lt;/i&gt; o la anestesia de los valores: apuntes en tiempos de pandemia&#8221; el fen&#243;meno fant&#225;stico de la ceguera blanca, un exceso de luz que, parad&#243;jicamente, nubla la visi&#243;n, como alegor&#237;a de la insensibilidad moral que ciega la mirada hacia el otro en el plano de los valores intr&#237;nsecos, aquellos que son imprescindibles cuando todo lo dem&#225;s desaparece. La pel&#237;cula &lt;i&gt;Blindness,&lt;/i&gt; basada en la novela, da cuenta de la naturalizaci&#243;n de la violencia y de la indiferencia ante el otro y los valores que le constituyen. Quien a&#250;n conserve sus ojos morales podr&#225; asumir la responsabilidad de guiar a aquellos que han perdido los suyos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#191;Estamos en guerra contra la naturaleza? &#191;C&#243;mo se orientan las decisiones en el control de las pandemias frente a la protecci&#243;n de la naturaleza? &#191;Qu&#233; valor nos merece la vida no humana? Estos son algunos de los interrogantes que nos plantea el cap&#237;tulo &#8220;El papel de los humanos en la propagaci&#243;n del COVID-19: reflexi&#243;n bio&#233;tica a partir de la pel&#237;cula &lt;i&gt;Epidemia&lt;/i&gt;&#8221;. El an&#225;lisis de Viviana Osorno es un llamado a reflexionar acerca de las obligaciones morales que tenemos los humanos en relaci&#243;n con los sintientes no humanos y las diversas formas de vida en tiempos de pandemia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Elsa Mar&#237;a Beltr&#225;n propone en su cap&#237;tulo &#8220;El sistema inmunol&#243;gico como orden social y moral: representaciones de g&#233;nero en &lt;i&gt;Contagio&lt;/i&gt;&#8221; una analog&#237;a entre la organizaci&#243;n del sistema inmunol&#243;gico y el orden social, como modelo soberano de subjetivaci&#243;n individual, en que la enfermedad deviene en fragmentaci&#243;n del orden subjetivo, corporal, social y moral.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En una observaci&#243;n de la atemporalidad, el cap&#237;tulo &#8220;El tiempo y la supervivencia aceptable para &lt;i&gt;Doce monos&lt;/i&gt;&#8221;, de Felipe Ram&#237;rez, nos ubica en la complejidad de los viajes a trav&#233;s del tiempo, a partir de una historia dist&#243;pica situada en 2035, en la que se recurre al poder tecnol&#243;gico para corregir en el pasado las cat&#225;strofes del presente y el futuro, como un mecanismo de supervivencia ante un enemigo inminente. En este ejercicio reflexivo, la arraigada tradici&#243;n de la supremac&#237;a humana es deconstruida por la pandemia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En &#8220;El trabajo, el amor y la muerte: comunidad e inmunidad en el tiempo de la peste&#8221;, Boris Juli&#225;n Pinto y Valentina Vizcaya indagan, a partir de la novela &lt;i&gt;La peste&lt;/i&gt; de Albert Camus y la pel&#237;cula hom&#243;nima, las transformaciones &#233;ticas de los modos de relaci&#243;n con el mundo (las pr&#225;cticas productivas, las pr&#225;cticas afectivas y er&#243;ticas y las pr&#225;cticas del cuidado paliativo y los ritos funerarios) suscitadas por la pandemia y por el exceso de dispositivos inmunitarios ejercidos en la comunidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En &#8220;Emociones pol&#237;ticas en &lt;i&gt;Isla de perros&lt;/i&gt;: del asco al amor&#8221;, Elsa Mar&#237;a Beltr&#225;n plantea una correlaci&#243;n entre la pel&#237;cula &lt;i&gt;Isla de perros&lt;/i&gt; y las posturas de la fil&#243;sofa Martha Nussbaum frente a dos emociones humanas: el asco como detonante de la discriminaci&#243;n y la segregaci&#243;n de unos grupos sociales por otros, y el amor como fuente de la inclusi&#243;n y el reconocimiento del otro en la dignidad que ostenta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Eduardo D&#237;az Amado nos conduce en un viaje &#8220;Entre &lt;i&gt;El puente de Casandra&lt;/i&gt; y &lt;i&gt;Estaci&#243;n zombi: tren a Busan&#8221;&lt;/i&gt; poniendo sobre los rieles dos pel&#237;culas de ficci&#243;n que nos ayudan a comprender los procesos que implica transitar la vida en tiempos de pandemia. Trayecto amenazante por la multiplicidad de escenarios emergentes que promueven cambios significativos y por las luchas de poder, que suscita una necesaria reflexi&#243;n sobre la condici&#243;n humana.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Diana Roc&#237;o Bernal analiza ampliamente, en &#8220;Las restricciones a los derechos humanos en el marco de emergencias sanitarias: de la ficci&#243;n del cine a la pandemia por el virus SARS-CoV-2&#8221;, las medidas tomadas por los Gobiernos para evitar el brote epid&#233;mico y su relaci&#243;n con los l&#237;mites en materia de derechos humanos, a la luz de los escenarios planteados en las pel&#237;culas &lt;i&gt;Virus, Contagio, Soy leyenda&lt;/i&gt; e &lt;i&gt;Hijos de los hombres&lt;/i&gt;, y de la &lt;i&gt;Carta Internacional de Derechos Humanos&lt;/i&gt;. La autora reflexiona sobre las restricciones implementadas durante la pandemia e invita a vigilar el adecuado ejercicio de los derechos fundamentales y el bien com&#250;n.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En el cap&#237;tulo &#8220;&lt;i&gt;Trascendencia: Identidad virtual&lt;/i&gt;. De c&#243;mo un virus nos puede salvar de nosotros mismos&#8221;, Alejandro Villaneda plantea la posibilidad de transformarnos en sociedades m&#225;s justas reconociendo y empleando los esfuerzos tecno-cient&#237;ficos y econ&#243;micos con miras a la reestructuraci&#243;n de nuestra conciencia moral en el escenario pospand&#233;mico.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A partir de dos cap&#237;tulos de la serie, Irene Cambra y Josep Ba&#241;os examinan en &#8220;Una epidemia en la serie m&#233;dica &lt;i&gt;The Good Doctor&lt;/i&gt;: aprendiendo con quienes aprenden&#8221; el impacto de una epidemia en las actividades cotidianas de los servicios m&#233;dicos: la crisis que desata en los profesionales de la salud, el estr&#233;s, el miedo, que derivan en la dificultad para tomar decisiones acertadas, pero tambi&#233;n la posibilidad de orientar respuestas novedosas en momentos l&#237;mite que permitan imaginar la soluci&#243;n m&#225;s responsable para todos los implicados.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Finalmente, en &#8220;&lt;i&gt;28 d&#237;as despu&#233;s&lt;/i&gt;: qui&#233;nes somos los verdaderos monstruos&#8221;, Cynthia Patricia Manotas nos llama a considerar, con la pel&#237;cula del brit&#225;nico Danny Boyle como pretexto, que los &#8220;monstruos&#8221; de ese dist&#243;pico futuro no son los contagiados de un virus cuyo efecto es la ira descontrolada y destructiva, sino quienes, abusando de su cientificismo, generaron irresponsablemente las condiciones aberrantes que propiciaron esa nueva realidad. Realidad capaz de poner en vilo la existencia misma de la raza humana y que, inevitablemente, nos hace pensar en nuestras actuales circunstancias.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esperamos que estas voces, estas notas de viaje en d&#237;as de pandemia, aporten alguna luz, algunos atisbos de reflexi&#243;n a un tiempo que, m&#225;s que respuestas definitivas, demanda la reformulaci&#243;n de nuestras preguntas colectivas frente a desaf&#237;os comunes.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Referencias&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pino Campos, L. M. y Hern&#225;ndez Gonz&#225;lez, J. (enero, 2008). Los conceptos de peste y epidemia: Sem&#225;ntica y lexicograf&#237;a. &lt;i&gt;Revista de Filolog&#237;a,&lt;/i&gt; 26, 191-204. &lt;a href=&#034;https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2571767.pdf&#034; class=&#034;spip_url spip_out auto&#034; rel=&#034;nofollow external&#034;&gt;https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2571767.pdf&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		
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		<title>Selfishness and community: an ethical reading of The Road</title>
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		<dc:date>2018-05-13T22:56:31Z</dc:date>
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		<dc:language>es</dc:language>
		<dc:creator>Boris Juli&#225;n Pinto Bustamante; Universidad El Bosque, Universidad del Rosario, Colombia</dc:creator>



		<description>&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Abstract&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;The movie The Road, based on the novel by american writer Cormac McCarthy, proposes an ethical question in a post-apocalyptic scenario: what would be the moral canon that regulates human relations in the face of the collapse of capitalist culture? This question carries with it a critique of the preconventional morality of a consumer society and proposes an ethics chosen in limit situations based on the recognition of human dignity. This article analyzes this proposal from three elements: the recognition of values as moral contents that justify human choices; the understanding of ethics as a reflective dimension of morality, and the demand for the care ethics as an alternative to the individualistic ethics prevalent in consumer society.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Key words:&lt;/strong&gt; Bioethics | Motion pictures as Topic | Narrative Ethics | Social Values | Community&lt;/p&gt;

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&lt;a href="https://journal.eticaycine.org/-Volumen-8-No-1-" rel="directory"&gt;Volumen 08 | N&#186; 1&lt;/a&gt;


		</description>


 <content:encoded>&lt;div class='rss_chapo'&gt;&lt;p&gt;Universidad El Rosario, Universidad el Bosque Bogot&#225;- Colombia&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		&lt;div class='rss_texte'&gt;&lt;p&gt;This article is, for the time being, only available in Spanish: &lt;a href='https://journal.eticaycine.org/Egoismo-y-comunidad-una-lectura-etica-de-La-Carretera' class=&#034;spip_in&#034;&gt;Ego&#237;smo y comunidad: una lectura &#233;tica de La Carretera&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		
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	</item>
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		<title>Ego&#237;smo y comunidad: una lectura &#233;tica de La Carretera</title>
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		<dc:date>2018-05-09T00:22:27Z</dc:date>
		<dc:format>text/html</dc:format>
		<dc:language>es</dc:language>
		<dc:creator>Boris Juli&#225;n Pinto Bustamante; Universidad El Bosque, Universidad del Rosario, Colombia</dc:creator>



		<description>&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Resumen&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La pel&#237;cula &lt;i&gt;La Carretera&lt;/i&gt; (&lt;i&gt;The Road&lt;/i&gt;), basada en la novela hom&#243;nima del escritor americano Cormac McCarthy, propone una pregunta &#233;tica en un escenario post-apocal&#237;ptico: &#191;cu&#225;l ser&#237;a el canon moral que regule las relaciones humanas ante el colapso de la cultura capitalista? Esta pregunta conlleva una cr&#237;tica a la moral preconvencional de una sociedad consumista y propone una &#233;tica elegida en situaciones l&#237;mite a partir del reconocimiento de la dignidad humana. El presente art&#237;culo analiza esta propuesta a partir de tres elementos: el reconocimiento de los valores como contenidos morales que justifican las elecciones humanas; la comprensi&#243;n de la &#233;tica como dimensi&#243;n reflexiva de la moral, y la reivindicaci&#243;n de la &#233;tica del cuidado como alternativa a la &#233;tica individualista prevalente en la sociedad de consumo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Palabras clave:&lt;/strong&gt; Bio&#233;tica | Cine como Asunto | &#201;tica Narrativa | Valores Sociales | Comunidad&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;a href='https://journal.eticaycine.org/Selfishness-and-community-an-ethical-reading-of-The-Road' class=&#034;spip_in&#034;&gt;Abstract English Version&lt;/a&gt;&lt;/p&gt;

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&lt;a href="https://journal.eticaycine.org/-Volumen-8-Nro-1-" rel="directory"&gt;Volumen 08 | Nro 1&lt;/a&gt;


		</description>


 <content:encoded>&lt;div class='rss_texte'&gt;&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Of course, in The Road there is no State, a fact which is crucial for an understanding of how the ethical system in question relates to the novel. For Schopenhauer, only the individual who accepts the moral boundary between right and wrong where no State or other authority guarantees it can truly be identified as just.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Euan Gallivan&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Compassionate McCarthy?: The road and schopenhauerian ethics&lt;/i&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Children are the living messages we send to a time we will not see.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Neil Postman, 1982&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Introducci&#243;n&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El junio de 2009 se estren&#243; &lt;i&gt;La carretera&lt;/i&gt; (&lt;i&gt;The Road&lt;/i&gt;), una pel&#237;cula basada en la novela del escritor norteamericano Cormac McCarthy. Una historia intensa, violenta, pesimista, y a la vez, exuberante, sobre el derrotero de la civilizaci&#243;n humana en un paisaje post-apocal&#237;ptico. Un padre y su hijo viajan hacia el sur durante a&#241;os, tras el colapso de la civilizaci&#243;n.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El libro no nos cuenta el origen preciso de la conflagraci&#243;n, pero la elipsis nos insin&#250;a un desastre nuclear, una devastaci&#243;n natural, social, pol&#237;tica y econ&#243;mica, tras la cual los sistemas culturales se han derrumbado definitivamente. El paisaje est&#225; devastado. Las monta&#241;as lucen est&#233;riles y una continua lluvia &#225;cida bautiza la tierra. El padre y su hijo luchan por sobrevivir cada d&#237;a. Los v&#237;veres escasean y no hay proveedores. No hay combustibles, no es posible sembrar nada en la tierra marchita. No hay estado, no hay derechos que puedan exigirse porque los jueces y los magistrados, o est&#225;n muertos, o est&#225;n mendigando en las carreteras. No hay iglesias que oficien la esperanza. El dinero vale lo mismo que un pu&#241;ado de cenizas. No hay redes de comunicaci&#243;n, no hay m&#225;quinas trabajando y encontrar una Coca-Cola es un milagro en un paisaje de graneros sin ma&#237;z y &#225;rboles inclinados bajo el peso muerto de los hambrientos que cuelgan en sus ramas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El pa&#237;s est&#225; infestado de devoradores. Muchos han decidido sumarse a las hordas de depredadores que recorren las carreteras en busca de comida. Andan armados de pistolas y cuchillos, de hachas y garrotes, husmeando alg&#250;n manjar entre los despojos, robando sus zapatos a los muertos por el hambre (McCarthy, 2007).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Los hombres y las mujeres se mueven desorientados en un paisaje de ruinas. Se han convertido, al final, en &#8220;lobos para el hombre&#8221; (Hobbes, 1976). En el ocaso de la cultura, la violencia es el mayor de los miedos. Una sociedad que hizo del carrito del mercado el emblema del confort, ahora arrastra en armatostes oxidados los mendrugos de la miseria.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Los enjambres de felices consumidores que sol&#237;an llenar sus carritos hasta el fastidio, recorren la carretera con los dientes afilados; se esconden en las orillas para cazar; encierran a sus v&#237;ctimas en los s&#243;tanos y los mutilan con paciencia para alimentarse hasta el hartazgo. La adelantada sociedad del desahogo, anclada en la premisa del mutuo provecho (como lo ha planteado Morris Berman (Berman, 2007), parece no entender otra forma de relaci&#243;n: el consumo feliz, as&#237; se trate del consumo del otro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las hordas devoran a los indefensos que pueblan las carreteras y los montes. En medio de las tropas de carro&#241;eros, el padre protege a su hijo de nueve a&#241;os con las dos &#250;ltimas balas que le restan en el tambor. Huyen, se esconden, visitan graneros desvencijados, casas solitarias, hurgan en los escondrijos. Cuando ya han comido las &#250;ltimas manzanas, el padre y su hijo conversan:&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;&#191;Qu&#233; pasa?, dijo el hombre&lt;/i&gt;.&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Nada.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Encontraremos comida. Siempre encontramos algo.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;El chico guardo silencio. El hombre le observ&#243;.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;No se trata de eso, &#191;verdad?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Da igual.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;D&#237;melo.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;El chico desvi&#243; la mirada carretera abajo.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Quiero que me lo digas. No pasa nada.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;El chico neg&#243; con la cabeza.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;M&#237;rame, dijo el hombre.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Se volvi&#243; y le mir&#243;. Parec&#237;a que hubiera estado llorando.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Habla.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Nosotros nunca nos comer&#237;amos a nadie, &#191;verdad?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;No. Claro que no.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;&#191;Aunque estuvi&#233;ramos muri&#233;ndonos de hambre?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Ya lo estamos.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;T&#250; dijiste que no.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Dije que no nos est&#225;bamos muriendo. No que no estuvi&#233;ramos &lt;br class='autobr' /&gt;
muertos de hambre.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Pero no lo har&#237;amos.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;No. No lo har&#237;amos.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Pase lo que pase.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Pase lo que pase.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Porque nosotros somos de los buenos.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;S&#237;.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Y llevamos el fuego.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Y llevamos el fuego. As&#237; es.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Vale&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, pp. 75-76).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Pero, &#191;y qu&#233; es el fuego?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;El fuego: una medida del mundo&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Debemos partir de algunas premisas: &lt;i&gt;La carretera&lt;/i&gt; no es un op&#250;sculo moral, ni McCarthy es un escritor confesional. Sin embargo, la obra lleva consigo, como los viajeros en su camino hacia el Sur, un fuego interior, un interesante ejercicio de &#233;tica narrativa. A trav&#233;s de un argumento preciso, de una historia cortante como los di&#225;logos que la componen, de un paisaje alucinante pero imaginable y de unos personajes entra&#241;ables, la obra plantea preguntas urgentes.&lt;/p&gt;
&lt;div class='spip_document_702 spip_document spip_documents spip_document_image spip_documents_center spip_document_center'&gt;
&lt;figure class=&#034;spip_doc_inner&#034;&gt; &lt;a href='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/la-carretera-1.jpg' class=&#034;spip_doc_lien mediabox&#034; type=&#034;image/jpeg&#034;&gt; &lt;img src='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/la-carretera-1.jpg?1754362435' width='500' height='334' alt='' /&gt;&lt;/a&gt;
&lt;/figure&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;Cuando todo a nuestro alrededor ha colapsado, &#191;por qu&#233; no devorar a los dem&#225;s, si nos morimos de hambre?, &#191;por qu&#233; no mutilar si nos persiguen los mutiladores del cuerpo? Cuando todo se ha derrumbado y los violentos detentan el atributo del colmillo y el garrote, &#191;por qu&#233; insistir en cuidar a los d&#233;biles, o en proteger a los m&#225;s peque&#241;os?, &#191;acaso no es la cultura una confecci&#243;n humana que difiere la violencia?, &#191;acaso no son la moral y el altruismo, insumos biol&#243;gicos para la supervivencia?, &#191;qu&#233; sucede cuando las confecciones humanas se han derrumbado?, &#191;puede permanecer, en medio del deterioro, alg&#250;n vestigio de aquello que llamamos &lt;i&gt;moral&lt;/i&gt;, m&#225;s poderoso que la espada y el hambre? &lt;i&gt;Nosotros llevamos el fuego&lt;/i&gt;, le repite el padre a su hijo, en la larga conversaci&#243;n que sostienen durante su viaje hacia el sur.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#191;Qu&#233; representa el fuego? Algunos considerar&#225;n que se trata de un instinto. Otros atribuir&#225;n a las palabras del padre y su hijo en la carretera alg&#250;n vestigio cultural que se niega a morir. Los m&#225;s creyentes leer&#225;n en estas frases, cortas e incisivas, la permanencia del fuego divino en el coraz&#243;n de los hombres. Otros, simplemente leer&#225;n aqu&#237; algunas ins&#237;pidas frases de caj&#243;n. Es evidente, sin embargo, que las grandes obras suelen hacer grandes preguntas. Y esta es ya una gran obra; para muchos, un cl&#225;sico instant&#225;neo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Muchas preguntas se pueden tematizar desde lo est&#233;tico, desde la teor&#237;a literaria, desde la resonancia cultural de la obra. Otras premisas, adem&#225;s de la confecci&#243;n literaria, plantean cuestiones &#233;ticas esenciales. Siguiendo el ejercicio de &#233;tica narrativa que propone &lt;i&gt;La carretera&lt;/i&gt;, el gran interrogante que hace la obra es una de las preguntas esbozadas por el ni&#241;o a su padre:&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Nosotros nunca nos comer&#237;amos a nadie, &#191;verdad?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
[&#8230;] &lt;i&gt;&#191;Aunque estuvi&#233;ramos muri&#233;ndonos de hambre?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
[&#8230;] &lt;i&gt;Pero no lo har&#237;amos.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
[&#8230;] &lt;i&gt;Pase lo que pase.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
[&#8230;] &lt;i&gt;Porque nosotros somos de los buenos.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
[&#8230;] &lt;i&gt;Y llevamos el fuego&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, pp. 75-76).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;El ni&#241;o plantea a su padre una pregunta sobre las razones &#250;ltimas de la experiencia humana. Es un ejemplo notable de la mejor dial&#233;ctica socr&#225;tica. Parte de una preocupaci&#243;n fundamental que el ni&#241;o no puede ocultar por m&#225;s tiempo a su padre:&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Nosotros nunca nos comer&#237;amos a nadie, &#191;verdad?&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 76).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Este es el argumento medular de toda la obra. Cuando han comido las &#250;ltimas manzanas, y ya no hay latas de comida en el carrito, emerge la gran pregunta que tambi&#233;n ronda la cabeza del padre. Frente a la posibilidad inminente de morir de hambre, &#191;qu&#233; debemos hacer? No existe la posibilidad de negociar. El &#250;nico alimento es el otro. Los padres devoran a sus hijos. Los hijos fuertes devoran a sus padres ancianos. Esta pregunta sobre el &#191;qu&#233; debemos hacer?, cuando las opciones escasean o cuando cualquier decisi&#243;n que tomemos es problem&#225;tica, es una de las preguntas que procura responder la teor&#237;a &#233;tica.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y la pregunta encierra una aseveraci&#243;n: &lt;i&gt;Nosotros nunca nos comer&#237;amos a nadie&#8230;&lt;/i&gt; la manifestaci&#243;n de una conducta elegida, libremente, por los miembros de una comunidad. La gran cultura humana ha colapsado, pero a&#250;n caminan en este paisaje de ruinas algunas formas de comunidad. Algunos se han confederado para asaltar a los m&#225;s d&#233;biles. Estos confederados constituyen una &#8220;fr&#225;gil e inestable comunidad moral&#8221; (Silberbauer, 2004, p. 58)&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt; [&lt;a href=&#034;#nb1&#034; class=&#034;spip_note&#034; rel=&#034;appendix&#034; title=&#034;George Silberbauer hace una interesante anotaci&#243;n acerca del desplazamiento (&#8230;)&#034; id=&#034;nh1&#034;&gt;1&lt;/a&gt;]&lt;/span&gt;. No tienen historia porque no estiman el legado; no hay en ellos temor a ninguna forma de numen, ni invocan ley moral alguna. Su alimento es la carro&#241;a de los desvalidos. Puede que entre ellos exista alg&#250;n intercambio de saberes, de lengua o de ficciones. Pero su ley es la ley -como sugiere McCarthy- del economato del infierno.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;D&#233;biles, desoladas, caminan otras peque&#241;as comunidades humanas. El padre y su hijo est&#225;n vinculados por el amor, la sangre, y no por la confabulaci&#243;n. Se cuidan el uno al otro en el camino hacia el sur; se alimentan, intercambian temores y esperanzas. El padre, el hijo y el carrito de mercado constituyen una peque&#241;a y fr&#225;gil unidad dom&#233;stica: un &lt;i&gt;oikos&lt;/i&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Baj&#243; los prism&#225;ticos y se quit&#243; la mascarilla de algod&#243;n que cubr&#237;a su cara y se frot&#243; la nariz con el dorso de la mu&#241;eca y luego mir&#243; otra vez. Se qued&#243; all&#237; sentado con los gemelos en la mano, viendo c&#243;mo la cenicienta luz del d&#237;a cuajaba sobre el terreno. Solo sab&#237;a que el ni&#241;o era su garant&#237;a. Y dijo: Si &#233;l no es la palabra de Dios, Dios no ha hablado nunca&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 3).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Y luego, ya a oscuras: &#191;Puedo preguntarte algo?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Naturalmente.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;&#191;Qu&#233; har&#237;as si yo muriera?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Si t&#250; murieras yo tambi&#233;n querr&#237;a morirme.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;&#191;Para poder estar conmigo?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;S&#237;. Para poder estar contigo.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Vale&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 6).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;La comunidad moral que conforman el padre y su hijo ha elegido una conducta frente a la encrucijada que el hambre les propone. Pero tal elecci&#243;n no es simplemente un acto de voluntad. Tampoco es un aspaviento. Es una elecci&#243;n meditada, ponderada, que el padre ha considerado largamente, noche tras noche, mientras caminaban hasta este momento. Siguiendo la l&#243;gica dial&#233;ctica que el ni&#241;o le propone, el padre se ve obligado a responder sin cortapisas. &#191;Por qu&#233;? Es la pregunta que sigue a continuaci&#243;n. &#191;Por qu&#233; hemos decidido, como comunidad moral, no comernos a nadie, &lt;i&gt;pase lo que pase&lt;/i&gt;, aunque nos estemos muriendo de hambre?&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Porque nosotros somos de los buenos.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
[&#8230;] &lt;i&gt;Y llevamos el fuego&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 76).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;La comunidad del padre y su hijo han elegido una concepci&#243;n sobre aquello que consideran &lt;i&gt;bueno&lt;/i&gt;. Puede que otros no compartan su opini&#243;n; pero ahora, en los l&#237;mites del hambre, han decidido hacer una elecci&#243;n. Y toda elecci&#243;n es siempre una experiencia moral.&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;No estaba pensando en t&#233;rminos morales en ning&#250;n sentido; por el contrario (lo cual es casi lo mismo), estaba teniendo su primera experiencia profundamente moral. Estaba eligiendo un bando: lo normal. &#8220;Todo eso&#8221;, como &#233;l lo llamaba, era lo que &#233;l eleg&#237;a. Si el punto de vista cient&#237;fico lo apartaba de &#8220;todo eso&#8221;, entonces &#161;maldito fuera el punto de vista cient&#237;fico! La vehemencia de su elecci&#243;n casi le quit&#243; el aliento; no hab&#237;a tenido antes una sensaci&#243;n semejante&lt;/i&gt; (Lewis, 2006, p. 386).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Como escribi&#243; el poeta griego Odiseas Elytis, ellos han decidido ser &#8220;la bondad en el sendero de los lobos&#8221; (Elytis, 1976). Su decisi&#243;n est&#225; dotada de un contenido, de un juicio que gu&#237;a sus actos y precede sus decisiones. El &lt;i&gt;fuego&lt;/i&gt; representa el contenido moral que justifica sus elecciones. Es un intangible. No es clara su sustancia ni tampoco su procedencia; pero su presencia es inevitable. Por lo mismo, por el peso que ejerce en las decisiones del mundo real, el fuego, si es una ficci&#243;n, debe ser muy poderosa. &lt;i&gt;Y nosotros llevamos el fuego&lt;/i&gt;. Pase lo que pase, ese fuego es un testimonio, es un majano muy elevado en la imaginaci&#243;n; es una estafeta que el padre, en su miseria, quiere legar a su hijo. Es evidente el contraste con las hordas de carro&#241;eros. El gran desastre no es solo natural. Algo mayor se ha perdido en el descenso. En medio del invierno nuclear, dos pavesas arden a&#250;n en la m&#225;s oscura noche del mundo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hay que recordar que &#8220;un valor es aquello que si desapareciera del mundo, creer&#237;amos haber perdido algo importante&#8221; (Gracia, 2006, p. 28). El fuego es un valor porque se le extra&#241;a. Es una esencia, es un atributo, es una cualidad. Es un adjetivo que modifica a quien lo lleva. Aquel que lo tiene, lo cuida, lo cultiva y lo ense&#241;a porque lo considera valioso. Siguiendo a Diego Gracia (2006), la palabra cultivo proviene del vocablo latino &lt;i&gt;colo&lt;/i&gt;, del cual se deriva tambi&#233;n la palabra &lt;i&gt;cultura&lt;/i&gt; (p. 23). Aquello que cultivamos sobre nuestra propia naturaleza, a eso llamamos cultura. Las jaur&#237;as de can&#237;bales solo reconocen la cultura precaria del colmillo y el garrote. Han perdido, en su declive, el &#250;ltimo reducto de aquello que, junto a la vulnerabilidad, parece peculiarmente humano, el &lt;i&gt;atributo del fuego&lt;/i&gt; que modifica, que muda, que transforma, que enmienda a quien lo porta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El ejercicio de valoraci&#243;n est&#225; presente en cualquier pr&#225;ctica de contemplaci&#243;n. La larga disputa sobre la naturaleza de los valores, la pregunta por si &#233;stos son objetivos o subjetivos, si son temporales o eternos, si son universales o dependen de la perspectiva hist&#243;rica de cada comunidad o aun de cada persona, es la larga lucha entre universalismo y relativismo. Al intentar definir las castas de valores estamos realizando, de paso, un ejercicio de valoraci&#243;n. No pretendo, en este punto, zanjar esta discusi&#243;n at&#225;vica. Solo pretendo delinear una premisa: el valor, aquello que consideramos valioso, nos confiere una medida del mundo.&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;&#191;T&#250; eres de los buenos?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;El hombre se quit&#243; la capucha. Ten&#237;a el pelo largo y apelotonado.&lt;/i&gt; &lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Mir&#243; al cielo. Como si all&#237; hubiera algo que ver. Mir&#243; al chico. S&#237;, dijo.&lt;/i&gt; &lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Soy de los buenos.&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;[&#8230;] &lt;i&gt;&#191;Y c&#243;mo puedo saber que eres uno de los buenos?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;No puedes. Tendr&#225;s que hacer la prueba.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;&#191;Llev&#225;is el fuego?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;&#191;C&#243;mo dices?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;Si llev&#225;is el fuego&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 174).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;El fuego es un valor, y tal valor, al convertir una cosa en un bien (siguiendo a Scheler), se trasfigura en s&#237;mbolo y significado: &#8220;designa, por sobreabundancia de sentido, otro sentido indirecto, figurado, secundario, que no puede ser alcanzado sino a trav&#233;s del sentido primero&#8221; (Maceiras &amp; Trebolle, 1994, p. 217). &lt;i&gt;Nosotros somos de los buenos, porque llevamos el fuego&lt;/i&gt;. El fuego que llevamos modifica lo que somos. Nos remite a otra condici&#243;n. El valor deja de ser un ornamento para convertirse en contenido, en significado, en una presencia que nos habita, a la que no podemos asir pero que nos jalona, nos inquieta, nos inoportuna, nos incomoda hasta que le hayamos obedecido. El contenido que nos habita, al otorgarle una medida al mundo, se trasmuta en &lt;i&gt;canon&lt;/i&gt;, en una vara de medir, en una pauta de justicia que se resiste a ser confinada en las palabras y promesas. &lt;i&gt;Tendr&#225;s que comprobarlo&lt;/i&gt;. Aunque han sido destruidas las normas sociales y las reglas espec&#237;ficas que guiaban como ordenanza las conductas y las expectativas humanas, a&#250;n persiste en la memoria un valor poderoso que arde en la comunidad del padre y su hijo, y que se actualiza en la pr&#225;ctica del cuidado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El ejercicio que propone el hijo a su padre no es llanamente el recuento de alguna moraleja. Es una pregunta que entra&#241;a un inaplazable contenido &#233;tico. Hemos hablado sobre la naturaleza de los valores. Tratemos de definir en adelante algunas generalidades sobre la &#233;tica y la moral.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;&#201;tica y moral: algunas consideraciones&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Aunque etimol&#243;gicamente, en sus ra&#237;ces griega y latina, ambos t&#233;rminos hacen referencia a &lt;i&gt;las costumbres&lt;/i&gt; y suelen usarse muchas veces como t&#233;rminos equivalentes e intercambiables, una aproximaci&#243;n m&#225;s detallada revela alcances distintos para cada t&#233;rmino.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En la historia de la &#233;tica son numerosas las definiciones que se han propuesto para definir satisfactoriamente ambos t&#233;rminos. Una de estas aproximaciones asocia la moral con la tematizaci&#243;n de un conjunto de principios igualmente v&#225;lidos para todos los seres humanos, desde una perspectiva universal (De Zan, 2004, p. 21), mientras que la &#233;tica hace referencia a &#8220;una concepci&#243;n de la vida buena, a un modelo de la vida virtuosa, y a los valores vividos de una persona o de una comunidad&#8221; (De Zan, 2004, p. 22). Seg&#250;n esto, la moral es una teor&#237;a que intenta identificar valores y normas que definen, por acuerdo social y con pretensi&#243;n universal, los t&#233;rminos correctos e incorrectos de la conducta humana, mientras que la teor&#237;a &#233;tica no tiene aspiraciones de validez universal; es hist&#243;rica y socialmente construida.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Otros afirman, de forma escueta, que la moral es una hip&#243;tesis, una suposici&#243;n sobre el bien y el mal, mientras la &#233;tica intenta fundamentar racionalmente tal proposici&#243;n (Beauchamp &amp; Childress, 1999, p. 3). Una &#8220;teor&#237;a filos&#243;fica de la acci&#243;n&#8221; (Beauchamp &amp; Childress, 1999, p. 18), que procura dar raz&#243;n acerca de nuestras valoraciones y preferencias (Cortina, 2006, p. 19).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Otros definen la moral como el conjunto de h&#225;bitos, costumbres, valores, normas, preceptos, ordenanzas, concebidos al interior de las comunidades humanas. Los h&#225;bitos y las costumbres deseables requieren del establecimiento de un &lt;i&gt;canon&lt;/i&gt;, de una medida, de una narrativa, de una vara recta que establece los l&#237;mites y los t&#233;rminos socialmente acordados sobre aquello que es bueno, correcto y justo para cada persona al interior de su colectividad. La moral requiere de los v&#237;nculos humanos al interior de la comunidad para su supervivencia. El ingreso del hombre en la sociedad implica el ingreso en los l&#237;mites morales establecidos hist&#243;ricamente por la cultura, a trav&#233;s de los diferentes espacios de socializaci&#243;n (familia, escuela, iglesia); se transmite verticalmente de generaci&#243;n a generaci&#243;n a trav&#233;s de la tradici&#243;n, de la oralidad, de la escritura, del rito, del testimonio, y se ve influida por las din&#225;micas horizontales de interacci&#243;n cultural, como son los medios de comunicaci&#243;n, los est&#225;ndares de consumo, las migraciones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Como afirma Cortina (2006): &#8220;despertar directamente actitudes porque se consideran m&#225;s humanas o m&#225;s c&#237;vicas que otras es inveteradamente una tarea moral, y se configura sobre la base de una concepci&#243;n del hombre, sea religiosa o secular&#8221; (p. 17). Su presencia es fundamental para la construcci&#243;n de los lazos hist&#243;ricos de las comunidades, para la supervivencia, para definir los rasgos que caracterizan a cada asociaci&#243;n humana, pero su ejercicio no entra&#241;a, necesariamente, una reflexi&#243;n cr&#237;tica sobre los fundamentos de las costumbres o sobre los fundamentos del canon que define los l&#237;mites entre lo bueno, lo justo, lo correcto, al interior de cada comunidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La &#233;tica, por el contrario, implica la introducci&#243;n de la reflexi&#243;n cr&#237;tica en el terreno de las costumbres (Hottois, 2007, pp. 35-36). En el momento en que nos formulamos una pregunta sobre el fundamento de nuestros h&#225;bitos, sobre c&#243;mo se legitima racionalmente un sistema moral, estamos ingresando en el terreno de la &#233;tica. Por ello, S&#233;neca se&#241;ala a S&#243;crates como el primer fil&#243;sofo que indag&#243; en la naturaleza de la &#233;tica, pues &#8220;puso la filosof&#237;a al servicio de las costumbres&#8221; (S&#225;nchez, 1995). La &#233;tica, as&#237; entendida, es una ciencia derivada de la filosof&#237;a (como la ontolog&#237;a, la epistemolog&#237;a, la l&#243;gica, la est&#233;tica) que indaga por c&#243;mo se fundamenta el fen&#243;meno moral. La moral es el objeto de estudio de la &#233;tica (De Zan, 2004, p. 19).&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;[&#8230;] &lt;i&gt;la &#233;tica no es una moral institucional. Por el contrario, el tr&#225;nsito de la moral a la &#233;tica implica un cambio de nivel reflexivo, el paso de una reflexi&#243;n que dirige la acci&#243;n de modo inmediato a una reflexi&#243;n filos&#243;fica, que solo de forma mediata puede orientar el obrar&lt;/i&gt; [&#8230;] (Cortina, 2006, p. 18).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Si la moral se corresponde con una suerte de h&#225;bitos, costumbres y tradiciones arraigadas en el seno de una comunidad que pretenden dotar de valor el contenido de las obras humanas y sus consecuencias, la &#233;tica se aparta de la simple concepci&#243;n de la vida buena ofrecida por la tradici&#243;n moral al cuestionar racionalmente las premisas fundamentales de tales presunciones ancladas en dicha tradici&#243;n. As&#237;, la &#233;tica es filosof&#237;a moral y es tambi&#233;n realidad moral, pues el ejercicio reflexivo demanda una praxis como hecho moral. La reflexi&#243;n &#233;tica acarrea interrogantes, decisiones, cambios de paradigmas o confirmaci&#243;n de los mismos. La reflexi&#243;n &#233;tica trasciende el &#225;mbito seguro de la especulaci&#243;n te&#243;rica, hasta los escenarios de la toma de decisiones morales en situaciones irrepetibles.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cortina ofrece una aproximaci&#243;n adicional: la moral es esa dimensi&#243;n, que &#8220;puede expresarse a trav&#233;s de normas, acciones, valores, preferencias o estructuras&#8221;, sin la cual nos ver&#237;amos obligados a &#8220;mutilar la comprensi&#243;n sobre la realidad humana&#8221; (Cortina, 2006, p. 18), con lo cual nuestro mundo humano resultar&#237;a incomprensible. Pero esta dimensi&#243;n humana, que obedece a un primer momento de valoraci&#243;n, de actitudes y preferencias, demanda luego un &#8220;segundo momento de sereno distanciamiento&#8221; (Cortina, 2006, p. 19), de reflexi&#243;n, que encarna el momento &#233;tico. Por ello, a un primer momento de valoraci&#243;n, actitudes y preferencias en el di&#225;logo del padre con su hijo en la carretera (&lt;i&gt;Nosotros nunca nos comer&#237;amos a nadie&lt;/i&gt;), le sigue un segundo momento de reflexi&#243;n, suscitada por la pregunta del ni&#241;o: (&lt;i&gt;Porque nosotros somos de los buenos. Y llevamos el fuego&lt;/i&gt;).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero &#191;de d&#243;nde proviene el fuego?, &#191;de d&#243;nde provienen las valoraciones que hacemos, las preferencias y los juicios que gu&#237;an nuestras elecciones? Esa pregunta tambi&#233;n la plantea el ni&#241;o a su padre.&lt;/p&gt;
&lt;div class='spip_document_704 spip_document spip_documents spip_document_image spip_documents_center spip_document_center'&gt;
&lt;figure class=&#034;spip_doc_inner&#034;&gt; &lt;img src='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/la-carretera-4.jpg?1754362436' width='500' height='212' alt='' /&gt;
&lt;/figure&gt;
&lt;/div&gt;&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;No. Tienes que llevar el fuego.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;No s&#233; c&#243;mo hacerlo.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;S&#237; que lo sabes.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;&#191;Es de verdad? &#191;El fuego?&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;S&#237;.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;&#191;D&#243;nde est&#225;? Yo no s&#233; d&#243;nde est&#225; el fuego.&lt;/i&gt;&lt;br class='manualbr' /&gt;
&lt;i&gt;S&#237; que lo sabes. Est&#225; en tu interior. Siempre ha estado ah&#237;. Yo lo veo&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 171).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;C&#243;mo lo hemos sostenido anteriormente, el fuego, la empalizada de valores y principios que sustentan el edificio de nuestras elecciones morales, si es una entelequia, es muy poderosa, precisamente por el movimiento que genera en el mundo, por las secuelas indudables que provoca. Nuevamente, la pregunta del ni&#241;o a su padre es un generoso ejercicio de reflexi&#243;n moral a partir de una leg&#237;tima crisis de fe que necesita una confirmaci&#243;n por parte de su mentor. &#191;&lt;i&gt;Es de verdad&lt;/i&gt;? &#191;&lt;i&gt;El fuego&lt;/i&gt;? [&#8230;] &#191;&lt;i&gt;D&#243;nde est&#225;&lt;/i&gt;?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En general, se han propuesto tres fuentes de autoridad para definir el origen de nuestras valoraciones: &#8220;la voluntad de una divinidad, el modelo de la naturaleza o el gobierno de la raz&#243;n&#8221; (Ucko, 2001). Pero, &#191;por qu&#233; existen los sentimientos morales? Puede existir una respuesta por cada uno de los or&#237;genes citados.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;John Rawls opina que &#8220;los sentimientos morales son necesarios para asegurar la estabilidad de la estructura b&#225;sica de la comunidad con respecto a la justicia&#8221; (Rawls, 1971, p. 471)&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt; [&lt;a href=&#034;#nb2&#034; class=&#034;spip_note&#034; rel=&#034;appendix&#034; title=&#034;John Rawls afirma al respecto: &#8220;En su forma m&#225;s reciente y desarrollada (el (&#8230;)&#034; id=&#034;nh2&#034;&gt;2&lt;/a&gt;]&lt;/span&gt;. Thomas Hobbes sostiene que el hombre en su estado de naturaleza es un ser ego&#237;sta, violento, que no repara en ninguna forma de sentimiento moral para obtener lo que necesita del medio y de los otros; es un &#8220;lobo para el hombre&#8220; (&lt;i&gt;homo hominis lupus&lt;/i&gt;), y que solo la confecci&#243;n de un &lt;i&gt;Leviat&#225;n&lt;/i&gt;, en el cual los hombres renuncian a algunas libertades a cambio de la seguridad que el estado (en la &#233;poca de Hobbes una monarqu&#237;a ya moderada por el Parlamento) les pueda ofrecer, puede postergar la violencia, por medio del miedo que inspira el Leviat&#225;n sobre sus s&#250;bditos. Hobbes es pesimista en cuanto a la posibilidad de encontrar en el hombre alguna forma de bondad esencial.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Otros, como Mary Midgley, sostienen que, m&#225;s all&#225; de &#8220;el mero terror mutuo de solitarios ego&#237;stas en coexistencia que invoc&#243; Hobbes para su contrato social&#8221; (Midgley, 2004, p. 41), los sentimientos morales contribuyen en la b&#250;squeda de soluciones a los conflictos de cada comunidad, basados no en el temor rec&#237;proco, en el miedo cerval, sino en la simpat&#237;a activa, en los goces y las penas que surgen de la cooperaci&#243;n frente a problemas comunes (Silberbauer, 2004, p. 58)&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt; [&lt;a href=&#034;#nb3&#034; class=&#034;spip_note&#034; rel=&#034;appendix&#034; title=&#034;Siguiendo con el caso de los Ik en Uganda del Norte, que tambi&#233;n relata (&#8230;)&#034; id=&#034;nh3&#034;&gt;3&lt;/a&gt;]&lt;/span&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;div class='spip_document_703 spip_document spip_documents spip_document_image spip_documents_center spip_document_center'&gt;
&lt;figure class=&#034;spip_doc_inner&#034;&gt; &lt;img src='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/la-carretera-3.jpg?1754362435' width='500' height='283' alt='' /&gt;
&lt;/figure&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;Es claro que la fuente de autoridad para las comunidades morales arraigadas en un credo religioso es la voluntad de la divinidad, confirmada a trav&#233;s de su expresi&#243;n en textos can&#243;nicos, en la interpretaci&#243;n del magisterio y en la tradici&#243;n hist&#243;rica de la comunidad. En el caso de la tradici&#243;n jud&#237;a la revelaci&#243;n es interpretada por las autoridades religiosas, mediante la vivencia de la &lt;i&gt;misnah&lt;/i&gt;. De la revelaci&#243;n proviene la expresi&#243;n de la voluntad divina que, desde una perspectiva religiosa particular, es la fuente inobjetable de toda ley moral.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A ello se refiere C. S. Lewis al definir lo que &#233;l llama la &lt;i&gt;ley de la naturaleza humana&lt;/i&gt;, una suerte de ley que, a diferencia de las leyes naturales, el hombre puede decidir obedecer o no, una ley inscrita en la mente humana, no confeccionada por el hombre y que tampoco es el resultado de una ley natural o un desarrollo biol&#243;gico. Varias son las premisas que utiliza Lewis para sostener la tesis de una ley moral proveniente de Alguien m&#225;s all&#225; de nosotros mismos:&lt;/p&gt;
&lt;ul class=&#034;spip&#034; role=&#034;list&#034;&gt;&lt;li&gt; Primero, la enorme similitud que existe entre las distintas formas de leyes morales desperdigadas a lo largo de la historia en las distintas culturas. Existe, seg&#250;n Lewis, en cada comunidad moral un n&#250;cleo esencial de valores, de reglas, de principios de decencia, de sentidos de justicia que son comunes a toda comunidad. Pueden existir grados variables en cuanto a los procedimientos morales, pero no parecen existir, en un sentido m&#225;s amplio, divergencias radicales sobre el n&#250;cleo de los valores que se consideran deseables. Si bien Mary Midgley no comparte &#8220;la simplicidad&#8221; del relato cristiano que Lewis intenta fundamentar, existen algunas aproximaciones convergentes en algunos trazos de su pensamiento: &#8220;Es obvio que las personas que se esfuerzan por comportarse decentemente a menudo est&#225;n animadas por una serie de motivos bastante diferentes, directamente derivados de la consideraci&#243;n de las exigencias de los dem&#225;s. Act&#250;an a partir del sentido de la justicia, por amistad, lealtad, compasi&#243;n, gratitud, generosidad, simpat&#237;a, afecto familiar, etc. &#8212;unas cualidades que se reconocen y honran en la mayor&#237;a de las sociedades humanas&#8221; (Midgley, 2004, p. 31).&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Los hombres pueden diferir en cuanto a qui&#233;nes se debe proceder sin ego&#237;smo (con los miembros de nuestra propia familia, con nuestros connacionales o con todo el mundo). Pero siempre han estado de acuerdo en que uno mismo no debe ponerse en el primer lugar. El ego&#237;smo nunca ha sido admirado. Los hombres han diferido en cuanto a si se puede tener solo una esposa o cuatro; pero siempre han estado de acuerdo en que no se puede simplemente tener la mujer que a uno le venga en gana&lt;/i&gt; (Lewis, 2009, pp. 22-23).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;&lt;/blockquote&gt;&lt;ul class=&#034;spip&#034; role=&#034;list&#034;&gt;&lt;li&gt; &lt;i&gt;La ley de la naturaleza humana&lt;/i&gt; es una suerte de ley que, a diferencia de las leyes naturales, el hombre puede decidir obedecer, y que generalmente no se obedece de forma perfecta, pese a lo cual, aun aquel que no cree en la vigencia de las reglas humanas suele pedir disculpas cuando las quebranta. &#8220;Si no creemos en la conducta decente, &#191;por qu&#233; entonces debemos mostrarnos tan ansiosos de presentar excusas por no habernos comportado decentemente?&#8221; (Lewis, 2009, p. 23).&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;&lt;ul class=&#034;spip&#034; role=&#034;list&#034;&gt;&lt;li&gt; La incoherencia entre lo que se afirma y lo que se reclama por parte de quienes no reconocen la distinci&#243;n entre las nociones de lo bueno y lo malo. Aun aquel que no considera la validez entre lo correcto y lo incorrecto, demanda respeto, consideraci&#243;n y alguna forma de desagravio cuando es objeto de cierta forma de injusticia (Lewis, 2009, p. 23).&lt;/li&gt;&lt;/ul&gt;
&lt;p&gt;Mary Midgley no coincide con la opini&#243;n de pensadores como C. S. Lewis, quienes &#8220;ensalzan las facultades humanas trat&#225;ndolas como algo de especie totalmente diferente a las de los dem&#225;s animales, de una forma que parece reclamar un origen diferente y no terrestre&#8221; (Midgley, 2004, p. 35). Para Midgley, siguiendo premisas de la sociobiolog&#237;a contempor&#225;nea, es posible rastrear comportamientos altruistas y de cooperaci&#243;n, m&#225;s que de competencia, en especies animales no humanas, caracterizadas por un fuerte sesgo hacia la parentela m&#225;s cercana, por pr&#225;cticas de protecci&#243;n hacia los m&#225;s d&#233;biles, e incluso por pr&#225;cticas de reciprocidad a trav&#233;s de un &#8220;instinto social&#8221; (Midgley, 2004, p. 38) y de &#8220;disposiciones sociales naturales&#8221; (Midgley, 2004, p. 37), que son el origen de la moralidad. Tal instinto social, compuesto de rasgos heredados para garantizar &#8220;la supervivencia de los propios descendientes del altruista&#8221; (Midgley, 2004, p. 40), habr&#237;a evolucionado hacia formas m&#225;s sofisticadas en la elaboraci&#243;n de normas sociales como respuesta a los conflictos, gracias al desarrollo evolutivo de sus facultades mentales (Wilson, 1978, p. 167) (Rawls, 1971, p. 402)&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt; [&lt;a href=&#034;#nb4&#034; class=&#034;spip_note&#034; rel=&#034;appendix&#034; title=&#034;La teor&#237;a sociobiol&#243;gica del origen y el papel de la moralidad, as&#237; como las (&#8230;)&#034; id=&#034;nh4&#034;&gt;4&lt;/a&gt;]&lt;/span&gt;,&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt; [&lt;a href=&#034;#nb5&#034; class=&#034;spip_note&#034; rel=&#034;appendix&#034; title=&#034;En este punto, se superpone la teor&#237;a racionalista sobre la teor&#237;a (&#8230;)&#034; id=&#034;nh5&#034;&gt;5&lt;/a&gt;]&lt;/span&gt;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A esta propuesta sociobiol&#243;gica, &#8220;el instinto de reba&#241;o&#8221;, C. S. Lewis responde afirmando que la ley moral no siempre se corresponde con el instinto m&#225;s fuerte. Por el contrario, la ley moral suele ser, en t&#233;rminos de intensidad, m&#225;s d&#233;bil que otros instintos y, sin embargo, cuando prevalece, se le llama virtud. Un soldado que en la retirada tras un bombardeo a su base decide volver a rescatar a un compa&#241;ero herido, quien no hace parte de su parentela pr&#243;xima, seguramente ser&#225; condecorado como un h&#233;roe con todos los honores militares. Un te&#243;logo y fil&#243;sofo alem&#225;n, Albert Schweitzer, quien un d&#237;a decide estudiar medicina para viajar hasta Gab&#243;n en la Guinea ecuatorial para servir a los hombres y mujeres afectados por la lepra, adem&#225;s de promover la protecci&#243;n de los animales, mientras la mayor&#237;a de los miembros de su reba&#241;o est&#225;n empe&#241;ados en la guerra, es, por lo menos, la personificaci&#243;n de la m&#225;s cara bondad.&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Supongamos que o&#237;mos el grito de alguien en demanda de auxilio. Probablemente sentimos en ese momento dos deseos: el de ayudar (instinto de reba&#241;o) y el de no correr peligro (instinto de conservaci&#243;n). Pero dentro de nosotros, fuera de esos dos impulsos, se presenta un tercer factor el cual nos dice que debemos seguir el impulso de ayudar, y que suprime el deseo de salir huyendo. Aquello que establece un juicio entre los dos instintos, que decide a cu&#225;l de los dos instintos se debe obedecer, en s&#237; mismo no puede ser ni uno ni otro. Ser&#237;a como decir que una partitura musical, que en un momento dado nos dice cu&#225;l de las notas se debe tocar en el piano y no ninguna otra, es a la vez una de las notas del teclado. La ley moral nos dice la melod&#237;a que hemos de pulsar; nuestros instintos no son m&#225;s que las teclas&lt;/i&gt; (Lewis, 2009, p. 25).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Por supuesto, la tradici&#243;n cristiana se sentir&#225; mucho m&#225;s c&#243;moda con la premisa de una ley moral proveniente de Alguien m&#225;s all&#225; de nosotros mismos, que con las teor&#237;as socio-evolutivas basadas en premisas biol&#243;gicas y racionalistas. Ahora bien, no solo la tradici&#243;n cristiana demanda un confort metaf&#237;sico: &#8220;Schopenhauer insiste en que todo sistema &#233;tico demanda una base metaf&#237;sica en orden a ser satisfactorio&#8221; (Gallivan, 2008, p. 5). Pero esta realidad sobre las divergencias en cuanto al origen de los sentimientos morales y en cuanto a su naturaleza solo nos indica el origen de las divergencias morales. Algunos empe&#241;an sus esfuerzos en un sentido de la argumentaci&#243;n y otros dedican su vida en el otro sentido. Mi intenci&#243;n, en este punto, no es demostrar la probidad de cada perspectiva. Este es el problema fundamental: no todos en nuestras sociedades actuales compartimos los mismos presupuestos, y aun muchos dentro de las mismas comunidades morales no concuerdan en todas las premisas sobre las cuales argumentan sus elecciones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esto no deber&#237;a sorprendernos. La diversidad de perspectivas morales que componen el panorama religioso contempor&#225;neo da cuenta de una indiscutible pluralidad de visiones que, con el paso de los a&#241;os, solo parece multiplicarse. Como afirma Hugo Tristram Engelhardt, si bien los creyentes coinciden en que Dios es uno y se ha revelado a los hombres, tal parece, al mismo tiempo, que no todos escuchan de la misma manera el contenido, el tono y los matices de tal revelaci&#243;n (Engelhardt, 1995, p. 55).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A esta irreductible pluralidad de visiones algunos la denominan &lt;i&gt;relativismo&lt;/i&gt; (Queralt&#243;, 2008, pp. 10-11)&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt; [&lt;a href=&#034;#nb6&#034; class=&#034;spip_note&#034; rel=&#034;appendix&#034; title=&#034;Concuerdo con la tesis de Ram&#243;n Queralt&#243; sobre la agenda pol&#237;tica del (&#8230;)&#034; id=&#034;nh6&#034;&gt;6&lt;/a&gt;]&lt;/span&gt;; otros le llaman &lt;i&gt;pensamiento d&#233;bil&lt;/i&gt;; otros, &lt;i&gt;&#233;ticas de c&#243;digo m&#250;ltiple&lt;/i&gt; (Morera, 2000, p. 516), en contraposici&#243;n con &lt;i&gt;las &#233;ticas de c&#243;digo &#250;nico&lt;/i&gt;, o &lt;i&gt;can&#243;nicas&lt;/i&gt;. Otros consideran que ambos t&#233;rminos son parientes cercanos. La primera acepci&#243;n hace referencia a una postura de pensamiento que no acepta la existencia de un &#250;nico c&#243;digo moral universal al cual podamos suscribir nuestras elecciones morales; considera, por el contrario, que cada enclave cultural tiene una medida moral particular que no puede ser aplicada de forma sim&#233;trica y absoluta a otros entornos humanos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Algunos autores definen esta premisa como uno de los rasgos caracter&#237;sticos de la posmodernidad (otros se aventuran a hablar de &lt;i&gt;ultramodernidad, hipermodernidad, modernidad radicalizada&lt;/i&gt;, entre otros simp&#225;ticos neologismos): una experiencia hist&#243;rica caracterizada, entre otras cosas (y siguiendo a Lyotard), por el crep&#250;sculo de los grandes metarrelatos que alimentaron las expectativas de emancipaci&#243;n de occidente fundadas en el predominio de la raz&#243;n, as&#237; como por la imposibilidad de legitimar desde una &#250;nica perspectiva racional el contenido de nuestras elecciones morales. En nuestras sociedades contempor&#225;neas, caracterizadas por la creciente interconectividad, la aceleraci&#243;n de los flujos migratorios y la fragmentaci&#243;n de las visiones morales prevalentes, se hace imposible tratar de derivar un &#250;nico c&#243;digo moral universal que sea vinculante a todas las personas en todos los contextos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;C. S. Lewis responder&#225; a los relativistas de este cu&#241;o que tal divergencia de perspectivas no es otra cosa que una variaci&#243;n en los procedimientos, pero que la esencia de las preocupaciones morales sigue siendo la misma. Otros autores (como S&#243;crates en su pugilato con los sofistas) acuden en auxilio de la tesis de Lewis, al afirmar que &#8220;tal diversidad de creencias no refuta la posibilidad de que existan algunas creencias mejores que otras por ser m&#225;s verdaderas o m&#225;s justificadas que las dem&#225;s&#8221; (Wong, 2004, p. 595).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Otra objeci&#243;n, emparentada con la tesis de Lewis, considera que las variaciones morales son fundamentalmente variaciones superficiales motivadas por creencias religiosas o filos&#243;ficas privativas de cada cultura, pero que no alteran de forma definitiva la sustancia de los valores fundamentales (Wong, 2004, p. 596). La otra objeci&#243;n proviene de la doctrina de los Derechos Humanos, la cual considera que existen aspiraciones &#233;ticas comunes a todo ser humano, en todo contexto cultural y en toda circunstancia, como son por ejemplo las aspiraciones &#233;ticas a la vida o a la libertad. Sin pretender violentar las fronteras de las cosmovisiones particulares, considera que, en general, existen tales aspiraciones humanas de car&#225;cter universal a las que hemos acordado en denominar &lt;i&gt;derechos&lt;/i&gt;. S&#243;crates y Lewis coinciden en que parece conveniente situar una jerarqu&#237;a de valores fundamentales m&#225;s all&#225; del alcance de las opiniones y del arbitrio humano.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Engelhardt no estar&#225; de acuerdo con estas premisas. Su tesis fundamental es la siguiente: en las sociedades posmodernas es imposible derivar una moral secular can&#243;nica y universal que provea de contenido las elecciones humanas. Esto no significa que no existan c&#225;nones morales. Significa, seg&#250;n Engelhardt, que la &#250;nica forma de acceder a un canon moral, a una medida del mundo que proporcione contenido a las elecciones humanas es pertenecer a una comunidad moral (Engelhardt, 1995, p. 26). Solo al interior de una comunidad moral se puede ingresar en una narrativa moral particular que otorgue sentido a la experiencia humana. Solo la presencia de una fuerte narrativa moral puede otorgar instrucci&#243;n moral, m&#225;s all&#225; de las normas externas o los simples procedimientos. Por fuera de una narrativa moral particular, la desesperaci&#243;n (Kierkegaard, 1979, p. 18), la norma vacua, el procedimiento ins&#237;pido. En el r&#237;o de una fuerte narrativa moral, la raz&#243;n, el sentido, el contenido que otorga el esp&#237;ritu a la norma.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Otra vez, no todos estar&#225;n de acuerdo con esta distinci&#243;n. Alguien dir&#225;: yo no pertenezco a ninguna comunidad moral, soy un tranquilo agn&#243;stico que paga sus impuestos y no defrauda a su chica; respeto todas las creencias, pero en &#250;ltimas, como Prot&#225;goras, soy la medida de m&#237; mismo y de mi mundo. Yo tambi&#233;n traigo el fuego y cuido de mis hijos con dientes y colmillos. Este puede ser el relato de lo que Engelhardt denomina un &lt;i&gt;cosmopolita ecum&#233;nico&lt;/i&gt; que no se siente tan angustiado como el hombre sin conciencia eterna de Kierkegaard. Quiz&#225; tendremos que aceptar que su propia medida del mundo es su propia narrativa, aunque no pertenezca a una comunidad moral. Tambi&#233;n podemos a&#241;adir con Kierkegaard que: &#8220;los grandes hombres ser&#225;n c&#233;lebres en la historia; pero cada cual fue grande seg&#250;n el objeto de su esperanza: uno fue grande en la que atiende a lo posible; otro en la de las cosas eternas; pero el m&#225;s grande de todos fue quien esper&#243; en lo imposible&#8221; (Kierkegaard, 1979, p. 19).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;As&#237; podemos continuar eternamente y jam&#225;s pondremos de acuerdo a Lewis con Midgley o a Engelhardt con Kierkegaard. Pero todos (los cuatro autores que mencion&#233;, y el resto de &lt;i&gt;nosotros&lt;/i&gt;), aunque absolutamente otros, participamos de necesidades comunes.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;&#201;tica, cuidado y posdeber&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Con esta pregunta y su fondo de solidaridad: mi casa es tu refugio, tu asilo, amigo, su rostro se despej&#243; de pesares y sombras&#8230;&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Roberto Burgos Cantor, &lt;i&gt;El hombre que perdi&#243; el norte&lt;/i&gt;&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;Gilles Lipovetsky define la &#233;tica de los nuevos tiempos democr&#225;ticos como &lt;i&gt;una &#233;tica indolora&lt;/i&gt; que oscila en su movimiento entre una tendencia vivificante de la moral como bit&#225;cora del siglo XXI, como pr&#225;ctica saludable y necesaria en cualquier estrato de la din&#225;mica social (tendencia revitalizadora de la cual, seguramente, es hija la bio&#233;tica), y su contracara, como tendencia que desvela el declive creciente de la moral en una espiral de corrupci&#243;n, individualismo y erosi&#243;n de las virtudes p&#250;blicas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A un primer momento de secularizaci&#243;n (1700 a 1950), en el cual el individuo aut&#243;nomo, como corolario de la modernidad, se disuelve en su sacrificio &#8220;en el altar de la familia, la patria o la historia&#8221; (Lipovetsky, 2000, p. 11), como deudor del imperativo cuasi-religioso del &#8220;deber laico, rigorista y categ&#243;rico&#8221; (Lipovetsky, 2000, p. 11), le sigue la ambivalencia de la &#233;tica contempor&#225;nea que se corresponde, seg&#250;n Lipovetsky, con un segundo momento en el proceso de secularizaci&#243;n, al que &#233;l denomina el &lt;i&gt;posdeber&lt;/i&gt; o el deber edulcorado (Lipovetsky, 2000, p. 120). Este segundo momento se caracteriza por la promoci&#243;n de las libertades y la autonom&#237;a individual, la cual, sin embargo, no naufraga en el nihilismo general ni en la anarqu&#237;a o el hedonismo absorbente; por el contrario, la paradoja reside en que se instauran pautas sociales heter&#243;nomas de higiene y profesionalismo (como perfeccionamiento de s&#237; mismo) que restringen los excesos de las libertades individuales en aras del bien colectivo, en lo que &#233;l ha llamado &#8220;una &#233;tica asim&#233;trica, de geometr&#237;as variables&#8221; (Lipovetsky, 2000, p. 76).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&#8220;La globalizaci&#243;n y su inclinaci&#243;n por la ley y el orden han avivado una regresi&#243;n de la protecci&#243;n social hasta el m&#237;nimo hobbesiano, debilitando el Estado hasta un mero estado policial local&#8221; (Kottow, 2012, p. 48). El mundo bosquejado por McCarthy en su novela plantea un paso m&#225;s all&#225; del estado minimalista donde cada quien expresa en p&#243;lizas de seguridad su cerrado margen de protecci&#243;n privada. En este entorno social no es posible, siquiera, la emergencia de alguna forma de pauta social heter&#243;noma fundamentada en la legitimidad de los consensos sociales, la tradici&#243;n o el imperativo de la religi&#243;n. No hay Dios y no hay estado. No hay &lt;i&gt;polis&lt;/i&gt;. No hay por tanto ninguna posibilidad de aferrarse a convenciones sociales que legitimen las elecciones morales. La &#250;nica forma de pauta heter&#243;noma es el ejercicio ileg&#237;timo de la violencia que impone los deberes y demanda sumisi&#243;n.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La fuerza coercitiva del derecho es poderosa mientras exista la ficci&#243;n humana a la que llamamos estado; pero es inexistente cuando este ha colapsado. Lo mismo puede decirse de la &#233;tica indolora de los nuevos tiempos democr&#225;ticos. La promoci&#243;n de su autonom&#237;a regulada y sus libertades individuales dirigidas solo es posible mediante artificios culturales como los estados sociales de derecho, el fetichismo contractual del mercado y los derechos universales. En ausencia de tales ficciones, su legitimidad es una ausencia terrible: &#8220;El mundo de &lt;i&gt;La carretera&lt;/i&gt; es un mundo sin ley, a trav&#233;s del cual, bandas de ladrones al acecho, asesinos y can&#237;bales intentan mantener sus propias existencias, esencialmente in&#250;tiles, a expensas de los d&#233;biles y vulnerables&#8221; (Gallivan, 2008, pp. 2-3).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Euan Gallivan (2008) explica desde la filosof&#237;a de Schopenhauer el correlato &#233;tico de &lt;i&gt;La carretera&lt;/i&gt;. Para el fil&#243;sofo alem&#225;n todo ser vivo expresa lo que &#233;l denomina el &lt;i&gt;principio de individuaci&#243;n&lt;/i&gt;, la afirmaci&#243;n de su propia existencia frente al mundo. Este principio se manifiesta a trav&#233;s de la &lt;i&gt;voluntad de vivir&lt;/i&gt;. Negar en el otro, tal voluntad de vivir como un principio b&#225;sico, vital y universal constituye una acci&#243;n incorrecta. La oposici&#243;n a tal negaci&#243;n equivale a una acci&#243;n justa (principio de la leg&#237;tima defensa).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Schopenhauer identifica tres incentivos b&#225;sicos de las acciones humanas: el ego&#237;smo, la malicia y la compasi&#243;n (Gallivan, 2008, p. 7). El primer incentivo se explica en el deseo de los peregrinos por sobrevivir, por cuidar de su parentela m&#225;s pr&#243;xima, aun si ello conlleva defender la propia vida contra la agresi&#243;n de los otros, suprimiendo la vida del asaltante. En este caso, siguiendo a Schopenhauer, la negaci&#243;n del &lt;i&gt;acto de negaci&#243;n&lt;/i&gt; (que supone la agresi&#243;n de los violentos) se configura en afirmaci&#243;n de la propia voluntad de vivir y no corresponde a un equ&#237;voco moral. Tal oposici&#243;n a la negaci&#243;n de la voluntad de vivir se justifica como defensa propia en situaciones l&#237;mite, m&#225;s no como represalia por hechos sucedidos (Gallivan, 2008, p. 8). Al incurrir el padre en el castigo y la venganza hacia el ladr&#243;n que les asalta en la playa, est&#225; incurriendo, en su desesperaci&#243;n, en el segundo incentivo de la conducta humana enunciado por Schopenhauer (la malicia).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El ni&#241;o personifica a lo largo de la novela el h&#225;bito selectivo de la compasi&#243;n. De la reciprocidad, m&#225;s all&#225; de la autenticidad; del reconocimiento, m&#225;s que del conocimiento de s&#237; (Lipovetsky, 1986, p. 60). De forma consistente, es el personaje que logra interiorizar el sufrimiento de aquellos que como &#233;l y su padre caminan temblando en la carretera plagada de antrop&#243;fagos. Parece el &#250;nico capaz de participar afectivamente en el sufrimiento de los otros, con los cuales se identifica en el mismo sufrimiento de los caminantes hacia la utop&#237;a del sur.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero no es el &#250;nico. El peque&#241;o de nueve a&#241;os, tras la muerte de su padre, es acogido por una familia que cuida a sus dos hijos, los defiende con una escopeta y municiones de carga manual, lleva consigo un perro, no devora a los peque&#241;os ni al animal y que en los pliegues de la historia, se revela, no como un grupo de forajidos sino como una peque&#241;a comunidad que vigila al padre y su hijo en su marcha solitaria. Durante buena parte de la traves&#237;a, el padre y su hijo fueron cuidados, en la distancia, por otra comunidad que particip&#243; de su vulnerabilidad. Al final, como lo profetiz&#243; el padre, la bondad encuentra al ni&#241;o (McCarthy, 2007, p. 172).&lt;/p&gt;
&lt;div class='spip_document_705 spip_document spip_documents spip_document_image spip_documents_center spip_document_center'&gt;
&lt;figure class=&#034;spip_doc_inner&#034;&gt; &lt;img src='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/la-carretera-5.jpg?1754362437' width='500' height='328' alt='' /&gt;
&lt;/figure&gt;
&lt;/div&gt;
&lt;p&gt;Cuando las convenciones sociales a las que nos hemos aferrado para diferir la violencia han colapsado, y no existe un estado que reivindique por medio del derecho y de la fuerza las prerrogativas y las aspiraciones generales o individuales, la alternativa a la violencia y la moral preconvencional de las mayor&#237;as precarias, habituadas a la l&#243;gica del consumo, es una &lt;i&gt;&#233;tica elegida&lt;/i&gt; (en ello, concuerdo tangencialmente con Lipovetsky), no ya impuesta por el canon del deber rigorista y puritano, no ya impuesta por la fidelidad irrestricta a la patria o al cielo, sino impuesta en el &#225;nimo del hombre por el hombre, o por la esperanza que lo habita, por virtud, por inter&#233;s o por convicci&#243;n. Est&#225; &#233;tica elegida es indolora si existe la confecci&#243;n del estado, el confort del mercado o el hogar metaf&#237;sico; pero es punzante si la anestesia del confort individual desaparece.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La &#233;tica del cuidado, a la que finalmente remite &lt;i&gt;La carretera&lt;/i&gt;, es una &#233;tica de m&#225;ximos, es una &#233;tica elegida en situaciones l&#237;mite, es una moral posconvencional. Concuerdo (otra vez con Lipovetsky y con Diego Gracia) en que hoy por hoy, dado el estado del arte de la secularizaci&#243;n en occidente, el papel de la &#233;tica no se cifra en procurar intenciones puras (si bien es una opci&#243;n privada el ejercicio de la virtud y una posibilidad deseable en los &#225;mbitos p&#250;blicos), sino en alcanzar soluciones intermedias, responsables, en el plano interindividual (Lipovetsky, 2000, p. 18). En ese sentido, una &lt;i&gt;&#233;tica inteligente&lt;/i&gt;, es m&#225;s una &#233;tica de la responsabilidad que una &#233;tica de las convicciones (Gracia, 1999, p. XI).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La &#233;tica del cuidado, como la han propuesto Gilligan y Noddings, y la &#233;tica de la protecci&#243;n, enunciada por Kottow y la corriente comunitarista, han evolucionado de forma interesante en las &#250;ltimas d&#233;cadas proponiendo, en el contexto de la globalizaci&#243;n, la construcci&#243;n de un entorno corporativo, pol&#237;tico y econ&#243;mico sostenible a partir de un cambio de paradigma que privilegia el valor de la interdependencia mutua, la promoci&#243;n de derechos fundamentales, la preeminencia de la justicia, la promoci&#243;n de las virtudes de los &#225;mbitos privados en los escenarios p&#250;blicos de toma de decisiones y la responsabilidad intergeneracional, por sobre el paradigma fuerte del auto-inter&#233;s y la competitividad salvaje del neoliberalismo (Hamington &amp; Sander, 2011). La &#233;tica del cuidado, las &#233;ticas de m&#225;ximos y la bio&#233;tica enfrentan el desaf&#237;o de demostrar su pertinencia en un universo en el que la virtud no es un fin para todos, sino un medio para alcanzar resultados correctos, satisfactorios y responsables, siempre sobre la base del respeto por la dignidad humana, como fundamento de cualquier discusi&#243;n en torno los conflictos de valor. Enfrentan a la vez, el desaf&#237;o de amplificar las perspectivas en torno a la naturaleza de las relaciones humanas en el contexto de las sociedades contempor&#225;neas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No obstante, en los &#225;mbitos privados seguimos extra&#241;ando el cuidado de los seres que comparten con nosotros las incertidumbres de la carretera. En el declive de los deberes y las convicciones fuertes existe una raz&#243;n para perseverar en el cultivo del fuego:&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;&#201;l tos&#237;a todo el tiempo y el chico le ve&#237;a escupir sangre. Caminando encorvado. Mugriento, andrajoso, desesperanzado. Se deten&#237;a y se apoyaba en el carrito y el chico segu&#237;a andando y luego paraba y miraba atr&#225;s y &#233;l alzaba sus ojos llorosos y lo ve&#237;a all&#237; de pie en la carretera mir&#225;ndole desde un futuro inimaginable, resplandeciendo en aquel p&#225;ramo como un tabern&#225;culo&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 168).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;El otro puede ser una garant&#237;a frente a la desesperanza. Es el motivo del fuego que llevamos en medio del invierno. El otro, al que cuidamos, puede ser un tabern&#225;culo que resplandece en medio de la nada. Es la personificaci&#243;n del ofrecimiento, de la renuncia, de la responsabilidad. En la &#233;tica del cuidado, el otro es el fin de nuestras fatigas y nunca, el instrumento de nuestros apetitos. A esto, algunos le llaman dignidad. El padre cuida a su hijo; el hijo cuida de su padre. Una familia de desconocidos, quienes a&#250;n se reconocen como miembros de una comunidad de seres vulnerables, cuida de los dos en el camino infestado de los devoradores del cuerpo.&lt;/p&gt;
&lt;blockquote class=&#034;spip&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;La mujer al verle lo rode&#243; con sus brazos y lo estrech&#243;. Oh, dijo, me alegro tanto de verte. A veces le hablaba de Dios. &#201;l intent&#243; hablar con Dios pero lo mejor era hablar con su padre y eso fue lo que hizo y no se le olvid&#243;. La mujer dijo que eso estaba bien. Dijo que el aliento de Dios era tambi&#233;n el de &#233;l aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos&lt;/i&gt; (McCarthy, 2007, p. 176).&lt;/p&gt;
&lt;/blockquote&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Referencias&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
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		&lt;hr /&gt;
		&lt;div class='rss_notes'&gt;&lt;div id=&#034;nb1&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt;[&lt;a href=&#034;#nh1&#034; class=&#034;spip_note&#034; title=&#034;Notas 1&#034; rev=&#034;appendix&#034;&gt;1&lt;/a&gt;] &lt;/span&gt;George Silberbauer hace una interesante anotaci&#243;n acerca del desplazamiento de los Ik, en Uganda del Norte, de su entorno natural y su &#8220;matriz de significados culturales&#8221;, lo que parece haber conducido al menoscabo de sus relaciones sociales: &#8220;Los Ik, abandonados en un terreno monta&#241;oso casi &#225;rido, desecharon su orden social y moral, antiguamente comparable al de los G/wi, para llevar una vida de competencia feroz. La descripci&#243;n que hace Turnbull no es de violencia brutal sino de una indiferencia tr&#225;gica y fr&#237;a. Entre los Ik, el l&#237;mite de respeto a la vida del grupo parece haberse retra&#237;do hasta el m&#225;s cerrado autointer&#233;s (&#8230;) &#191;Son los Ik un pueblo sin sociedad y por lo tanto descalificados para las generalizaciones acerca de valores &#233;ticos y morales universales? Este ser&#237;a un argumento especioso y de car&#225;cter circular: (&#8230;) no existe ninguna sociedad sin moralidad, por lo tanto, todas las sociedades tienen una moral. Lo que &lt;i&gt;tienen&lt;/i&gt; es un orden social pero fr&#225;gil e inestable, basado en la explotaci&#243;n de los d&#233;biles por los que tienen la fuerza en cada momento, y que se abstienen de explotar hasta la muerte solo porque ma&#241;ana necesitar&#225;n de nuevo a los d&#233;biles para explotarles m&#225;s.&#8221; Silberbauer, G. (2004). &lt;i&gt;La &#233;tica de las sociedades peque&#241;as&lt;/i&gt;. En Singer, P. &lt;i&gt;Compendio de &#233;tica&lt;/i&gt;. Madrid: Alianza Editorial. p. 58-59.&lt;/p&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div id=&#034;nb2&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt;[&lt;a href=&#034;#nh2&#034; class=&#034;spip_note&#034; title=&#034;Notas 2&#034; rev=&#034;appendix&#034;&gt;2&lt;/a&gt;] &lt;/span&gt;John Rawls afirma al respecto: &#8220;En su forma m&#225;s reciente y desarrollada (el origen de los sentimientos morales) se representa por la teor&#237;a del aprendizaje social. Una de las principales controversias es si el objetivo de la instrucci&#243;n moral es suplir los motivos que hacen falta: el deseo de hacer lo que es correcto para su propio bien, y el deseo de no hacer lo que es incorrecto. La conducta correcta es generalmente una conducta ben&#233;fica para otros y para la sociedad [&#8230;] mientras la conducta incorrecta es un tipo de comportamiento generalmente ofensivo hacia los otros y hacia la sociedad, frecuentemente, para hacer aquello para lo que tenemos un motivo suficiente [&#8230;]&#8221;. Rawls, J. (1971). &lt;i&gt;Theory of justice&lt;/i&gt;. Cambridge, MA: Harvard University Press. p. 401.&lt;/p&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div id=&#034;nb3&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt;[&lt;a href=&#034;#nh3&#034; class=&#034;spip_note&#034; title=&#034;Notas 3&#034; rev=&#034;appendix&#034;&gt;3&lt;/a&gt;] &lt;/span&gt;Siguiendo con el caso de los Ik en Uganda del Norte, que tambi&#233;n relata Colin Turnball en &lt;i&gt;The Mountain People&lt;/i&gt;, se trata de una comunidad desplazada de sus valles f&#233;rtiles, en un proceso de dislocaci&#243;n geogr&#225;fica, cultural y moral, que desplaz&#243; no solo sus actividades productivas, sino sus significados simb&#243;licos y el sistema moral que gravitaba alrededor de sus redes de reciprocidad y sentimientos comunitarios, degenerando, como hemos anotado, en pr&#225;cticas morales caracterizadas por la &#8220;competencia feroz&#8221; y una &#8220;indiferencia tr&#225;gica y fr&#237;a&#8221;. Silberbauer. Ib&#237;d., p. 58.&lt;/p&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div id=&#034;nb4&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt;[&lt;a href=&#034;#nh4&#034; class=&#034;spip_note&#034; title=&#034;Notas 4&#034; rev=&#034;appendix&#034;&gt;4&lt;/a&gt;] &lt;/span&gt;La teor&#237;a sociobiol&#243;gica del origen y el papel de la moralidad, as&#237; como las teor&#237;as deterministas desde el patrimonio gen&#233;tico, han ganado una importante atenci&#243;n sobre el origen de las normas humanas que gu&#237;an el comportamiento. &#8220;Los genes sujetan a la cultura con una correa. La correa es muy larga, pero inevitablemente los valores ser&#225;n constre&#241;idos de acuerdo con sus efectos sobre el acervo gen&#233;tico. El cerebro es un producto de la evoluci&#243;n. El comportamiento humano &#8211;como las capacidades m&#225;s profundas para la respuesta emocional que lo gu&#237;an y conducen&#8211; es el circuito t&#233;cnico por medio del cual el material gen&#233;tico ha sido y ser&#225; mantenido intacto. La moralidad no tiene otra funci&#243;n primordial que pueda ser demostrada&#8221;. Wilson, E. O. (1978). &lt;i&gt;On human nature&lt;/i&gt;. Cambridge, MA: Harvard University Press, p. 167.&lt;/p&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div id=&#034;nb5&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt;[&lt;a href=&#034;#nh5&#034; class=&#034;spip_note&#034; title=&#034;Notas 5&#034; rev=&#034;appendix&#034;&gt;5&lt;/a&gt;] &lt;/span&gt;En este punto, se superpone la teor&#237;a racionalista sobre la teor&#237;a naturalista, al definir la aparici&#243;n de los sentimientos morales como un paso evolutivo del ser humano como ser racional: &#8220;La otra tradici&#243;n del aprendizaje moral deriva del pensamiento racionalista y es ilustrado por Rousseau y Kant, y algunas veces por J. S. Mill, y m&#225;s recientemente por la teor&#237;a de Piaget [&#8230;] Una vez los poderes de la comprensi&#243;n maduran y las personas llegan a reconocer su lugar en la sociedad y son capaces de aceptar la perspectiva de los otros, ellos aprecian los beneficios mutuos de establecer t&#233;rminos justos de cooperaci&#243;n social. Tenemos una simpat&#237;a natural con otras personas y una susceptibilidad innata a los placeres de la empat&#237;a y el dominio de s&#237; mismo, y estos proveen la base afectiva para los sentimientos morales, una vez tenemos una clara comprensi&#243;n de nuestras relaciones con nuestros asociados desde una apropiada perspectiva general. As&#237;, esta tradici&#243;n considera los sentimientos morales como una consecuencia natural de una cabal apreciaci&#243;n de nuestra naturaleza social&#8221;. Rawls. Op. cit., p. 402.&lt;/p&gt;
&lt;/div&gt;&lt;div id=&#034;nb6&#034;&gt;
&lt;p&gt;&lt;span class=&#034;spip_note_ref&#034;&gt;[&lt;a href=&#034;#nh6&#034; class=&#034;spip_note&#034; title=&#034;Notas 6&#034; rev=&#034;appendix&#034;&gt;6&lt;/a&gt;] &lt;/span&gt;Concuerdo con la tesis de Ram&#243;n Queralt&#243; sobre la agenda pol&#237;tica del relativismo moral: &#8220;Ahora bien, el problema del relativismo es que, a nivel social general, antes o despu&#233;s, acostumbra a favorecer a los m&#225;s fuertes y perjudicar a los m&#225;s d&#233;biles, o como afirma el refr&#225;n popular &#8220;a r&#237;o revuelto ganancia de pescadores&#8221;. Porque, en verdad, la actual sociedad tecnol&#243;gica y globalizada es sin duda un r&#237;o revuelto, en el que la tarea de saber a qu&#233; atenerse en la vida -columna vertebral de una existencia humana en m&#237;nimo bienestar- resulta poco menos que una tarea de h&#233;roes, figura antropol&#243;gica sin demasiado atractivo para el hombre de una sociedad de consumo. Ante el r&#237;o de aguas turbulentas, s&#225;lvese quien pueda privadamente y no se busque un asidero moral &#8220;demasiado fino&#8221; porque tampoco se puede estar seguro de estar en lo cierto, ya que a fin de cuentas todas las posibles justificaciones y metarrelatos poseer&#237;an un valor semejante, con tal de dejar vivir m&#237;nimamente al pr&#243;jimo. En suma, esto conduce a la par&#225;lisis moral de la acci&#243;n humana en ciudadan&#237;a, dej&#225;ndose las manos libres a quienes ostentan el poder real en la sociedad, especialmente a dirigentes econ&#243;micos y culturales que naturalmente act&#250;an seg&#250;n unos objetivos bien delimitados, claros y precisos. En una palabra, el relativismo moral es un arma magn&#237;fica para mantener &#8220;el sistema&#8221;, el &#8220;establishment&#8221;, o como quiera llam&#225;rsele&#8221;. Queralt&#243;, R. (2008). &lt;i&gt;La estrategia de Ulises o &#233;tica para una sociedad tecnol&#243;gica&lt;/i&gt;. Sevilla: Dos Ediciones. p.10-11.&lt;/p&gt;
&lt;/div&gt;&lt;/div&gt;
		
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