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	<title>Journal de Etica y Cine</title>
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		<title>Prometeo en Occidente</title>
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		<dc:date>2026-03-14T15:00:52Z</dc:date>
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		<dc:language>es</dc:language>
		<dc:creator>Javier Aliaga</dc:creator>



		<description>&lt;div class='spip_document_2164 spip_document spip_documents spip_document_image spip_documents_center spip_document_center'&gt;
&lt;figure class=&#034;spip_doc_inner&#034;&gt; &lt;a href='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/prometeo.jpg' class=&#034;spip_doc_lien mediabox&#034; type=&#034;image/jpeg&#034;&gt; &lt;img src='https://journal.eticaycine.org/IMG/jpg/prometeo.jpg' width=&#034;578&#034; height=&#034;867&#034; alt='' /&gt;&lt;/a&gt;
&lt;/figure&gt;
&lt;/div&gt;&lt;center&gt;&lt;i&gt;Prometeo en Occidente&lt;/i&gt;
&lt;p&gt;Javier Aliaga&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Edici&#243;n independiente&lt;/p&gt;
&lt;/center&gt;

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&lt;a href="https://journal.eticaycine.org/-Volumen-16-Nro-1-Marzo-2026-" rel="directory"&gt;Volumen 16 | Nro 1 | Marzo 2026&lt;/a&gt;


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 <content:encoded>&lt;div class='rss_chapo'&gt;&lt;p&gt;Universidad Cat&#243;lica Silva Henriquez, Chile&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		&lt;div class='rss_texte'&gt;&lt;p&gt;El mito de Prometeo ha acompa&#241;ado a la cultura occidental durante siglos como una imagen insistente: la del ser que roba el fuego para entregarlo a los hombres y, por ese gesto, queda condenado a un castigo interminable. No se trata solamente de una historia antigua. Como ocurre con muchos mitos, su persistencia parece indicar que all&#237; se condensa algo que la cultura no termina de elaborar del todo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;i&gt;Prometeo en Occidente&lt;/i&gt; parte de esa intuici&#243;n. El libro no busca reconstruir el mito desde una perspectiva erudita ni ofrecer una interpretaci&#243;n definitiva de su significado. M&#225;s bien se acerca a &#233;l como a una escena que contin&#250;a resonando en la experiencia cultural de Occidente. En esa escena, el fuego aparece como s&#237;mbolo ambiguo: es el principio que inaugura la t&#233;cnica, el conocimiento y la posibilidad de transformar el mundo; pero tambi&#233;n es aquello que introduce un exceso que no puede ser completamente controlado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Desde esta perspectiva, Prometeo puede leerse como una figura que expresa algo de la relaci&#243;n ambivalente que la cultura mantiene con sus propias creaciones. El fuego que permite construir ciudades, herramientas y saberes es el mismo que puede devorar aquello que produce. La civilizaci&#243;n se sostiene sobre ese gesto inaugural: un acto de apropiaci&#243;n que abre posibilidades in&#233;ditas, pero que tambi&#233;n introduce una tensi&#243;n permanente entre creaci&#243;n y castigo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El ensayo sigue algunas huellas de esa tensi&#243;n en la historia cultural de Occidente. No lo hace como una genealog&#237;a exhaustiva, sino m&#225;s bien como una exploraci&#243;n de im&#225;genes que reaparecen en distintos momentos: el entusiasmo por el progreso t&#233;cnico, la confianza en que el conocimiento puede liberar al ser humano de sus l&#237;mites, y, al mismo tiempo, la sospecha de que ese mismo impulso puede volverse contra quien lo ejerce.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En ese sentido, el mito de Prometeo funciona como una especie de espejo cultural. All&#237; donde Occidente ha celebrado su capacidad de transformar el mundo, tambi&#233;n ha aparecido la inquietud por las consecuencias de ese poder. El fuego prometeico funda una cultura, pero tambi&#233;n la expone a su propia desmesura.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Le&#237;do desde una sensibilidad cercana al psicoan&#225;lisis, el mito puede sugerir algo m&#225;s. No solo habla de un origen cultural, sino tambi&#233;n de una repetici&#243;n. El gesto prometeico &#8211;transgredir un l&#237;mite para acceder a un saber o a un poder&#8211; parece reaparecer una y otra vez en distintas formas de la experiencia hist&#243;rica. Como si la civilizaci&#243;n estuviera animada por un impulso que la empuja constantemente hacia el exceso que ella misma teme.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En el libro, esta repetici&#243;n no se presenta como una tesis cerrada, sino como una intuici&#243;n que atraviesa distintos momentos de la cultura occidental. Los relatos culturales y ciertas im&#225;genes persistentes parecen volver una y otra vez sobre la misma escena: la creaci&#243;n que se vuelve contra su creador, la obra que termina por desbordar la intenci&#243;n que la origin&#243;. El fuego que permite levantar una cultura puede tambi&#233;n consumir aquello que ha fundado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tal vez el mito de Prometeo conserve su fuerza precisamente porque se&#241;ala algo que las culturas tienden a olvidar en los momentos de mayor confianza. Cada civilizaci&#243;n, cuando alcanza su punto de mayor expansi&#243;n, suele imaginar que ha logrado estabilizar su mundo. Sin embargo, es justamente en esos momentos cuando aparece nuevamente el gesto prometeico: la transgresi&#243;n de un l&#237;mite en nombre de una promesa mayor.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El mito sugiere que toda cultura se organiza alrededor de una frontera que no puede atravesar sin consecuencias. Aquello que en el relato aparece como los dioses podr&#237;a pensarse tambi&#233;n como el orden mismo que la cultura establece para sostenerse. Prometeo, en cambio, encarna el acto que desaf&#237;a ese orden: no necesariamente para destruirlo, sino para forzarlo a ir m&#225;s all&#225; de s&#237; mismo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El fuego que roba no es solo una herramienta o un conocimiento. Es la marca de un l&#237;mite atravesado. Gracias a ese fuego se funda una civilizaci&#243;n, pero al mismo tiempo se introduce una tensi&#243;n que ya no puede resolverse completamente. La cultura se construye entonces alrededor de ese exceso: necesita del gesto que la inaugura, pero tambi&#233;n debe cargar con su consecuencia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Desde esta perspectiva, el castigo de Prometeo adquiere un sentido distinto. No aparece simplemente como la sanci&#243;n de una falta, sino como la marca que acompa&#241;a a todo acto creador que se atreve a desafiar el orden establecido. El fuego permanece entre los hombres, pero su presencia recuerda siempre el precio de haberlo robado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Quiz&#225; por eso la imagen del ave que vuelve cada d&#237;a a devorar el h&#237;gado del tit&#225;n conserva una fuerza tan inquietante. El castigo no ocurre una sola vez: se repite. Cada d&#237;a la herida se abre nuevamente, como si el acto que inaugur&#243; el fuego no pudiera cerrarse del todo. El h&#237;gado vuelve a crecer, el ave vuelve a descender, y la escena recomienza.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tal vez esa repetici&#243;n diga algo sobre la propia historia de las culturas. Cada &#233;poca vuelve a acercarse al fuego que la funda, cada civilizaci&#243;n vuelve a atravesar el l&#237;mite que la sostiene. Y con ese gesto, tambi&#233;n regresa el ave.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Porque el fuego prometeico no desaparece. Permanece encendido en la cultura, iluminando y amenazando al mismo tiempo. Y quiz&#225; por eso Prometeo sigue encadenado en la memoria de Occidente: no porque el fuego haya sido devuelto a los dioses, sino porque a&#250;n no sabemos qu&#233; hacer con &#233;l.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;&lt;strong&gt;Referencias&lt;/strong&gt;&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Aliaga, J. (s/d) &lt;i&gt;Prometeo en Occidente&lt;/i&gt;. Edici&#243;n independiente.&lt;/p&gt;&lt;/div&gt;
		
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