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  V2(1)

MARZO 2012


Un metodo peligroso / Volumen 2 Número 1

 
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V2(1) Marzo 2012

pp. 13-21
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Transferencia y deseo del analista
A dangerous method | D. Cronenberg | 2011

Eduardo Laso

Resumen

El problema del manejo de la transferencia instala centralmente el punto de cruce entre clínica y ética, y abre la pregunta por el deseo del analista y las metas de la cura. En Un método peligroso, la relación de dependencia transferencial y los riesgos que conlleva su mal manejo por parte de Jung son tratados a través de la lente de David Cronenberg, no obstante la diferencia de intereses entre el director canadiense, quien lleva sus obsesiones a los temas que aborda, y los del psicoanálisis en tanto teoría y práctica clínica. Si bien el film no pretende ser un acercamiento riguroso al método psicoanalítico, puede ser leído en sí mismo como un síntoma de la vigencia que mantiene el aporte central de Freud y las vicisitudes de su lectura un siglo después.

Palabras clave: Psicoanálisis | Transferencia | Deseo del analista | Jung | Freud

Abstract English Version

“Por otra parte, uno querría descubrir también algo”

Carl Jung a Sigmund Freud (12 de mayo de 1909)

“…una persona que, incapaz de soportar la autoridad de otro, era todavía menos apta para constituir ella misma una autoridad, y cuya energía se encaminaba íntegra a la desconsiderada consecución de sus propios intereses”.

Freud sobre Jung, en Historia del movimiento psicoanalítico

A pesar de lo que podría sugerir el título del film de David Cronenberg, el tema de Un método peligroso no es la terapia psicoanalítica como técnica o método de abordaje de la cura de las neurosis. Mucho menos la metapsicología, vale decir, la teoría en la que Freud apoya su concepción sobre el inconsciente y su interpretación –al fin y al cabo, motivo principal de la ruptura con Carl Jung, junto con su rechazo del lugar de la sexualidad como factor decisivo en la constitución de la subjetividad.

Lo “peligroso” en el film es la transferencia, vale decir, ese particular vínculo que se instala en la relación analítica y que constituye el recurso a través del cual la terapia logra alcanzar sus metas. Transferencia tratada en el film no como obstáculo, resistencia, o recurso en la clínica. Tampoco como amor al saber, amor resistencial, o concepto fundamental del psicoanálisis, sino como el peligro de entrar en una relación de imparidad subjetiva y quedar sometido a la voluntad de otro.

El interés de David Cronenberg por este tema data de muy temprano y recorre gran parte de su obra. De hecho, su primer corto cinematográfico se llamó Transfer (1966): sobre el marco surrealista de un campo nevado y una mesa dispuesta para cenar, se encuentran un psiquiatra y su paciente. Este le confiesa que la única relación significativa que ha tenido en su vida ha sido con él, y se queja de que ha estado inventando historias para entretenerlo o preocuparlo, pero que éste no ha apreciado sus esfuerzos.

El poder de controlar la voluntad y los deseos de otros, el peligro a la pérdida de la libertad y la identidad, el advenimiento de nuevas formas de subjetividad producto de una inmixión mental o física entre sujetos, la sexualidad como desborde de goce que rompe los límites del yo y transforma a los sujetos, son temas recurrentes en la obra cinematográfica del director canadiense (basta recordar algunos títulos emblemáticos: Stereo, Scanners, Rabid, Shivers, Dead Ringers, Crash, The Brood, Videodrome, o M. Butterfly).

El problema del manejo de la transferencia instala centralmente el punto de cruce entre clínica y ética, y abre la pregunta por el deseo del analista y las metas de la cura. En Un método peligroso, la relación de dependencia transferencial y los riesgos que conlleva su mal manejo se vuelven un objeto cronenbergiano. La transferencia de Sabina Spielrein con su terapeuta Carl Jung es otra variación del tema de la permutación de lugares que se genera a partir de la entrada en relación psíquica y física entre sujetos: si al comienzo del film vemos a un terapeuta confiado y agudo que asiste a una paciente desbordada, al final es Jung quien está desestabilizado y Sabina la psicoanalista que podría ayudarlo profesionalmente. Si Jung comienza ocupando un lugar de privilegio frente a Freud, al final Sabina pasa a gozar de la consideración del fundador del psicoanálisis, mientras que Jung es expulsado. Por último, hay una permutación de los lugares de erastés y eromenós: si al comienzo es Sabina la amante y Jung el objeto de amor -que en vez de soportar ese lugar, lo actúa para luego rechazarlo-, al final Jung pasa a ser el amante impotente cuyo objeto perdido intenta recuperar en otras pacientes [1].

Resulta importante aclarar la diferencia de intereses entre el director canadiense, quien lleva sus obsesiones a los temas que aborda, y los del psicoanálisis en tanto teoría y práctica clínica, dado que el film no pretende ser un acercamiento riguroso al método psicoanalítico, cuestión que no le preocupa a Cronenberg [2].

Tampoco es un ejercicio de rigor histórico e “imparcial” sobre la relación entre Jung y Freud y sus diferencias teórico-clínicas [3]. Así, por ejemplo, sabemos por el epistolario entre ambos que el encuentro entre ellos no tiene relación con el caso Spielrein, sino con el interés de Jung y Bleuler por la obra freudiana. La publicación de trabajos de investigación sobre el test de asociación de palabras que venían realizando Jung y sus colaboradores atrajo a Freud, que creyó ver allí una confirmación experimental de su teoría sobre lo inconsciente, y una ocasión para ampliar el círculo psicoanalistas fuera de Viena [4].

Sabemos también que no es cierto –como deja entender el film- que Jung fuera el primero en aplicar el método psicoanalítico a un paciente, ni que a la altura del año 1906 Freud no hubiese dado cuenta del método psicoanalítico desde el punto de vista clínico (los Estudios sobre la histeria datan de 1896) [5]. Las razones teóricas de la ruptura entre Freud y Jung son sugeridas pero nunca son tomadas como el centro del relato, mezclándose con cuestiones de diferencias de carácter y mezquindades narcisistas (que seguramente las hubo). Y ciertamente no fue el affaire Spielrein el motivo central del distanciamiento. Jung no fue el único caso de involucración sexual de psicoanalistas con pacientes. Pero seguramente fue uno de los motivos para que Freud escribiera Puntualizaciones sobre el amor de transferencia. Aunque el film parece sugerirlo, el final de la relación entre Freud y Jung no se produce en el Congreso psicoanalítico de Munich de 1912 como consecuencia de la discusión sobre Akhenatón que concluye con el desmayo de Freud, sino con la publicación de Wandlungen und Symbole der Libido (Transformaciones y símbolos de la libido) de 1912, texto con el que Jung se aleja definitivamente del psicoanálisis [6].

Si bien la mayoría de los episodios mostrados en el film se basan en testimonios de los participantes (extraídos fundamentalmente del diario de Sabina Spielrein, las memorias de Jung, el epistolario Freud-Jung, y la biografía de Jones sobre el fundador del psicoanálisis), es en la selección de algunos sucesos, la omisión de otros y el modo en que los mismos son representados en escena por los actores donde el film construye una ficción cinematográfica que es también una toma de posición sobre sus personajes. Hay una elección en el modo en que se construyen los personajes de Jung, Freud, Gross y Spielrein, que permiten armar un sentido del film. Sentido con el que nos proponemos debatir.

Tomemos algunos ejemplos: cada vez que Freud discute con Jung temas de la clínica (por ejemplo sobre diagnósticos de pacientes), Freud yerra en sus afirmaciones y Jung lo corrige. En el film es Freud el que se presenta como un teórico especulativo que generaliza conclusiones diagnósticas sin consideración por la singularidad del caso, mientras que Jung lo refuta amablemente apoyando sus contraargumentos en la observación clínica. Además en dichas situaciones Freud queda fastidiado de que se lo contradiga, y Jung se ve incómodo con haber herido el narcisismo del “maestro”. Al construir así la figura de Freud con esos trazos, el film adopta la mirada de Jung sobre Freud. No sólo la adopta sino que toma partido por ella. En la discusión sobre el nombre de la terapéutica –Jung la llamaba “psicanálisis” y Freud lo corrige agregándole la “o”, porque es “más lógico y suena mejor”- Jung se muestra asombrado por la corrección y le da la razón de manera renuente, no sabiendo qué decirle. La escena lo ubica a Freud en el lugar de un terco obsesionado por ocupar un lugar de amo, omitiendo que el término “psicoanálisis” fue creado por Freud mismo años antes de ese encuentro.

En el film, el debate entre Jung y Freud se reduce así para el espectador a una lucha entre dos egos, uno de los cuales busca subyugar al otro, mientras que el otro trata de defenderse [7]. Freud en el film constituiría un peligro para la libertad de criterio y apertura de pensamiento que Jung propondría. El resto de los seguidores de Freud son para Jung –y el film no lo refuta, pero lo da a entender- un grupo de bohemios y degenerados sin personalidad frente al “Gran Hombre”. Y señala que tal vez para Freud la obediencia sea más importante que la originalidad. Se aplana así al nivel de la lucha de prestancia imaginaria lo que fue una discusión científica en torno de la concepción del inconsciente y la cura. Para Freud la oposición no se jugaba entre obediencia y originalidad, sino entre ciencia y delirio teórico. Cuestión que en el film es planteada por Freud, sin ser desarrollada.

Al final de la película, Jung triunfará sobre los esfuerzos de Freud por someterlo a sus ideas y se convertirá en “un psicólogo de renombre mundial”, propugnando una teoría que va más allá de la concepción “sexual” de Freud. “Debe haber más de una bisagra en el universo” afirma un Jung visionario, y el film lo acompaña, no aclarando que no se trata para el psicoanálisis de proponer una explicación del universo –el psicoanálisis no es una cosmovisión- sino del psiquismo humano. La escena de la discusión sobre parapsicología, interrumpida por un ruido del mueble de la biblioteca, narra bastante fielmente lo que sucedió según los testimonios de Jung [8]. Pero que el film omite la carta de Freud posterior al episodio, en la que refuta a Jung. Dicha omisión deja a Jung como un psicólogo abierto a nuevas ideas, arriesgado, visionario, alguien incomprendido por un Freud tozudo y monotemático con lo sexual [9].

La escena del desmayo en el medio de la discusión sobre Akhenatón le da nuevamente la razón a Jung contra Freud, quien se desmaya por supuestamente no tolerar que “su hijo” cometa “parricidio” al superarlo en el debate. El modo como se presenta la discusión entre Freud y Jung acerca de la condición judía del psicoanálisis y la necesidad de ampliar el círculo a profesionales arios, es nuevamente vista desde los ojos de Jung como un típico delirio de persecución de los judíos [10]. Por otro lado, Jung se cree capaz de anticipar sucesos futuros –lo cual es coherente con su concepción mística acerca del psiquismo humano- y el film siempre le da la razón. Incluso al final, escuchamos a un Jung soñando pesadillas supuestamente anticipatorias de la Gran Guerra (o podría ser de la Revolución rusa, o del nazismo, da lo mismo). Cronenberg es un interesado por la parapsicología y la anticipación de sucesos (The dead zone gira en torno a ese tema), por lo que no es extraño que sus simpatías se inclinen por Jung. Un Jung, agreguemos, “cronenbergiano” [11].

Atendiendo a Sabina

Cronenberg no está interesado en los rigores del método psicoanalítico sino en el vínculo que allí se genera, como punto de partida de sus propios fantasmas. Así que en el film la terapia psicoanalítica se reduce a promover la palabra del paciente “para que diga lo que le pasa”. La regla de asociación libre está ausente, y el diván es reemplazado por un modo curioso de entrevista en el que el analista se sienta detrás de la paciente “para que no se distraiga”. En vez de entrevistas preliminares, se pasa directamente a una primera sesión que, dada la problemática que presenta Sabina, se vuelve perturbadora por el modo en que Jung ha dispuesto espacialmente los lugares. Al pasar Jung al lado de Sabina para sentarse detrás, ella entra en convulsiones y amaga a protegerse, como si temiera que la golpeen. A partir de allí, el personaje habla y actúa como si al mismo tiempo la estuvieran abusando sexualmente y no pudiera contener un orgasmo. En otras palabras, Jung no sabe que está provocando un acting-out en la sesión, en el cual él ha pasado a ocupar el lugar del padre golpeador y abusador.

Curiosamente, las entrevistas posteriores alternan sesiones en el consultorio de la clínica con paseos por los románticos parques de la clínica Burghölzli, en un cara a cara donde Jung se muestra seductor. Los problemas técnicos de ver al analista ya no distraerían [12]. El film se cuida en mostrar, por el contrario, cómo la relación entre ambos se va erotizando, hasta culminar en la escena en la que Jung se pone a golpear con su bastón el saco de Spielrein caído en el piso, provocando convulsiones en su paciente.

Luego de ausentarse dos semanas para cumplir el servicio militar, Jung se encuentra con una Sabina deprimida por sentirse despechada amorosamente. Lejos de anoticiarse del amor de transferencia, y menos de interrogarse acerca de cómo ubicarse en relación al mismo en función de la cura, Jung le propone que colabore con él en la toma de tests de asociación de palabras en calidad de asistente, dado que ella desea ser médica. La propuesta es recibida como un triunfo por Sabina: no sólo logra volver a estar con Jung, sino que además consigue correrse del lugar de mera analizante para pasar a ser su asistente y aprendiz. Se entabla así una primera relación múltiple entre ambos, en la que ella es al mismo tiempo paciente, asistente y alumna. Estamos muy lejos del “peligroso método” propuesto por Freud. Lo que está en peligro es más bien la dirección de la cura por salirse de método, hacia el plano de las relaciones interpersonales. Una cierta concepción de la psicoterapia en la que el paciente se curaría menos por lo que se diga que por el “rapport” que se establece con su terapeuta. El lugar del analista cae de su función para devenir un ideal de normalidad, que cura por lo que “es”.

La escena de la aplicación del test de asociación de palabras de Jung a su esposa en presencia de Sabina, para luego incitar a Sabina a que interprete sus resultados, es una magnífica escena “cronenbergiana”. Asistimos a una menage-a-trois psíquica en la que tres sujetos están conectados entre sí a través de un extraño aparato que permitiría desentrañar complejos ocultos por vía de una serie de palabras asociadas. En dicha situación los papeles se invierten: Sabina pasa de ser asistente a analista, Jung pasa de analista a asistente, y la esposa de Jung pasa a ocupar el lugar de paciente que tenía Sabina. Verdadero acting-out de Jung dirigido a Sabina y a su mujer, la propuesta de colaboración al modo de una “laborterapia” revela a la analizante los conflictos maritales de su terapeuta: al incitar Jung a que Sabina interprete los resultados, terminará sabiendo de la ambivalencia de la esposa de su analista por el hijo por venir, y de los temores a la pérdida de interés del marido por ella.

En paralelo con las funciones de asistente y alumna, Sabina prosigue su análisis como paciente de Jung. En el film la terapia de Sabina transcurre por relatos de recuerdos sexuales traumáticos infantiles en los que el padre la castigaba desnudándola y pegándole en las nalgas, para luego ordenarle que le bese la mano. Las confesiones de fantasías masoquistas muestran una dirección de la cura que apunta a la catarsis y se agotaría en ella. En este punto, resulta inquietante que el analista que logra la revelación de la raíz incestuosa y masoquista de los síntomas de Sabina, pase a actuar posteriormente en la escena erótica el lugar del padre golpeador, sabiendo del peso que tiene esa escena en la conflictiva de su analizante. Bella ilustración de la idea freudiana de que el amor de transferencia busca repetir en vez de recordar. Ahora bien, el deseo del analista no es deseo de repetición. Y menos tiene que ver con deseos de aquel que ocupa la función de analista.

La terapia con Sabina es matizada con encuentros en los que se habla de psicoanálisis, de Wagner, de las coincidencias que habría entre ellos. Ocasión para que Jung sostenga que no hay casualidades, que todo tiene un significado. Lo cual, planteado a una paciente en transferencia erótica con su analista, constituye una promoción del deseo erótico en el mejor de los casos [13]. Estas charlas se vuelven indistinguibles de una charla entre amigos. Luego se volverán indistinguibles de una charla entre amantes. Es que en determinado momento Sabina se cansa de la histeria junguiana y le devuelve su mensaje en forma invertida, dándole un beso en la boca. El beso tiene valor de interpretación… para Jung, que queda sorprendido y al mismo tiempo denunciado en su posición de seductor pasivo. Resulta consecuente que Jung, que le objeta a Freud la importancia de la sexualidad en la causación de las neurosis, sea también ciego al amor erótico de su paciente. Y la coartada del amor sublime como complemento terapéutico –que tanto Otto Gross como Sabina le proveen- le terminan por decidir a dar el mal paso como analista. Posteriormente dará el mal paso como amante excusándose en que es analista. Y al final no será ni siquiera analista. Sino tan sólo… Jung.

Las relaciones amorosas entre Jung y Sabina implican una caída del lugar del analista. Y esto con independencia de que Sabina pretenda seguir sosteniéndolo como tal. A partir de ese momento, la relación pasa a ser la de unos amantes ocultos a la vista de la esposa de Jung y de Freud. De esa caída de la función no hay retorno.

Cuando finalmente la madre de Sabina se entere por una misiva anónima -escrita por la esposa de Jung-denunciando que el analista de su hija a devenido un amante, Jung vuelve a retroceder: le responde con una carta en la que le explica que había pasado de médico a amigo porque había dejado de cobrarle honorarios y por lo tanto no se sentía empleado como analista Y que una vez amigos, dado que eran hombre y mujer, se volvió imposible evitar que pasara algo más. Pero ya que el cobro de dinero por su trabajo es lo que le impondría una limitación, le propone que fijen un honorario de modo de volver a la posición de médico de la hija, “como usted desea”. El pago de la madre sería la garantía de que él respetaría los límites como médico. Pero entonces agrega inmediatamente que “En cuanto amigo de su hija, en cambio, habría que dejar al destino lo que haya de suceder, pues nadie puede impedir a dos amigos que hagan lo que deseen”. Para concluir que en todo lo sucedido no hay vileza sino solamente “experiencia y autoconocimiento”, y que la consulta vale 10 francos [14].

La carta es un buen ejemplo de canallada, e invita piadosamente a la pregunta acerca de la salud mental de Jung en ese momento para llegar a escribir algo así. La misma suma desresponsabilización, incoherencia, chantaje y desconocimiento básico sobre el manejo no sólo de la transferencia, sino de las relaciones más elementales con los pacientes y sus allegados.

La estupidez de Jung como analista y hasta como hombre es perfectamente plasmada en el film, cuando pretendiendo reconducir su relación con Sabina a una terapia de consultorio y al marco de la estricta relación médico-paciente, termina recibiendo un tajo en la cara y su paga. Él, que tanto objeta la importancia de la sexualidad que Freud le otorga a la causación de las neurosis, se espanta ante los efectos previsibles de haber satisfecho las demandas amorosas de una paciente en transferencia, haciendo usufructo de la misma para su goce. Luego se espanta horrorizado ante la nueva situación amorosa por él promovida y la perspectiva de que el asunto llegue a los oídos de Freud.

Cuando finalmente eso sucede, escribe a Freud el 7 de marzo de 1909: “Y por último, desgraciadamente, me está atormentando terriblemente en la actualidad un complejo; se trata de una paciente a la que hace años la arranqué, con la mayor entrega, de una gravísima neurosis y que ha traicionado del modo más doloroso posible mi confianza y mi amistad. Me armó un terrible escándalo, exclusivamente, porque renuncié al placer de engendrar en ella un hijo. He permanecido siempre a su respecto en los límites del gentleman, pero ante mi algo demasiado sensible conciencia no me siento completamente limpio de culpa y ello es lo que más duele, pues mis intenciones siempre fueron puras. … He aprendido muchísimo en cuanto a la sabiduría relativa a llevar el matrimonio, pues hasta ahora y a pesar de todo autoanálisis no tenía sino una idea por completo insuficiente acerca de mis componentes polígamos… Estas dolorosas experiencias, sin embargo, altamente sanas, me han removido infernalmente, pero precisamente por ello, así lo espero, han afianzado en mí cualidades morales cuya posesión me supondrá una gran ventaja en el curso ulterior de mi vida” [15]. Jung no sólo niega la relación sino que se victimiza: atribuye a Sabina el plan de seducirlo y de querer vengarse por no ser correspondida. Para quedar bien a los ojos de Freud, prefiere imputar a Sabina de loca erotómana en vez de responsabilizarse de haber roto “las normas elementales” de la profesión. O en todo caso, de admitir su pasión por Sabina, esa pasión de la que carece en su cómodo y conveniente matrimonio.

Freud, que sabe de la ocurrencia típica de los peligros del amor de transferencia, le cree a Jung. O seguramente le quiere creer, dado que la carta de Jung es lo suficientemente inconsistente como para sospechar de lo que dice: confiesa no sentirse completamente limpio de culpa, afirma que ha descubierto sus “componentes polígamos”, dice que curó a Sabina pero que al mismo tiempo ella estaría bajo el imperio de una locura amorosa en fase de despecho y quiere perjudicarlo. Si está curada y no hubo relaciones íntimas entre ellos ¿de dónde sacaría Sabina la idea de tener un hijo con Jung? ¿Está curada y al mismo tiempo delira?

Freud sigue idealizando a Jung, y acepta interceder en el conflicto, respondiéndole a Sabina en una carta en la que le da a entender que su pasión es sólo una ilusión. El 9 de marzo Freud le escribe a Jung palabras que lo alivian. Entre otras cosas, le confirma en su lugar de víctima: “Ser calumniado y quemarnos a causa del amor con el que operamos: he aquí los riesgos de nuestro oficio, pero no por ellos renunciamos auténticamente al mismo” y cita al Fausto de Goethe: “¿Estás con el diablo y quieres sustraerte de la llama?” [16]. Modo de decirle amablemente que no sea cobarde ante lo que emerge en el oficio del psicoanalista como peligros de la transferencia amorosa. Valentía, se entiende, para sostener la posición de analista, no para no retroceder ante los propios deseos “poligámicos” hacia pacientes que demandan tratamiento.

Jung le contesta el 11 de marzo: “Por lo demás, no solamente ahora, sino también para el futuro puede estar completamente tranquilo acerca de que no pasará nada análogo a lo de Fliess… el diablo me ha atormentado en forma de ingratitud neurótica. Mas no por ello le soy infiel al psicoanálisis. Por el contrario, a partir de ello aprendo cómo hacerlo mejor en el futuro… Jamás he tenido en realidad una amante, sino que soy el marido más inocente que quepa imaginar.” [17] En otras palabras, le miente a Freud y e insiste en desresponsabilizarse de su particular “dirección del tratamiento”.

Un mes después ocurre el episodio del encuentro entre ambos en el que discuten sobre parapsicología y se produce el ruido en la biblioteca. Luego le escribe a Freud respecto de ese episodio: “La última noche pasada en su casa me ha liberado interiormente, del modo más feliz, de la opresora sensación de su autoridad paterna” [18]. Y teoriza acerca de la existencia de una “psicosíntesis” que cree futuro con arreglo a leyes análogas a las que propone el psicoanálisis. Nace un nuevo Fliess… [19]

Será finalmente Sabina quien ponga un poco de orden en tanta ilusión y engaño: obliga a Jung a decirle la verdad a Freud, consiguiendo de ese modo ser atendida por él y entrar en el Círculo de Viena [20].

Atendiendo a Otto Gross

Jung atendió brevemente a Otto Gross. Psiquiatra y temprano discípulo de Freud, se fue apartando del psicoanálisis a favor de una concepción propia que combinaba las teorías feministas de Johann Bachofen con la filosofía de Friedrich Nietzsche y el ideario del anarquismo. Actualmente considerado un antecedente de la antipsiquiatría, Gross influyó decisivamente en el pensamiento de analistas como Wilhelm Reich y su propio y efímero terapeuta Carl Jung, quien dijo que su relación con él cambió su cosmovisión [21].

La curiosa sesión que nos ofrece el film comienza con los problemas de Gross con su padre, para virar hacia las metas del tratamiento psicoanalítico y el lugar del deseo del analista. Viraje que supone también un cambio de lugares entre los actores: Jung pasa a ser interpelado por Gross respecto de sus inhibiciones sexuales y burguesas [22].

Para Gross, las patologías mentales son resultado de la represión de la sexualidad que la sociedad le impone al individuo y que lo obliga a no satisfacer sus impulsos y a la monogamia. La sexualidad humana se reduce a una cuestión natural y gozosa arruinada por las instituciones opresoras. La dirección de la cura debe apuntar entonces a liberar a los sujetos de la represión social que padecen y han internalizado, para que puedan ejercer la libertad de gozar. El analista es así un militante de los ideales de autonomía y liberación sexual. Para lo cual, él mismo no debe “reprimirse” nada.

En vez del principio de neutralidad y la regla de abstinencia freudianas, la posición del analista para Gross se confunde con los deseos de aquel que ocupa la función, dado que no debe reprimir sus propios impulsos, los que pasarán a tener un papel en la terapia misma. Si por ejemplo el analista siente el deseo de tener relaciones sexuales con algún paciente, debe proponerlo. Punto en el cual el deseo del analista pasa a comandar la dirección de la cura, entendiendo aquí por “deseo del analista” lo que el analista siente como impulsos, sin interrogarlos. El decir del analista está comandado así no por lo inconsciente del analizante, sino por la estrategia de “mejorar la popularidad” con el paciente, o sea, por los objetivos de seducción. De modo que se les dice lo que quieren escuchar. La verdad del inconsciente se sacrifica a la estrategia de la “popularidad” y a las “verdades” ideológicas de Gross sobre la sociedad y la sexualidad. Se adviene así a un tipo de terapia en el que el analista se vuelve un director de conciencia. El amor de transferencia no es más concebido como resistencia y repetición, sino como un “símbolo de los hábitos monogámicos miserable” que puede superarse teniendo relaciones amorosas con el analista, y reconociendo el deseo de acostarse con otros. Se trata de persuadir a los pacientes que están enfermos porque no encaran una sexualidad libre de ataduras sociales. Desde el lugar de Amo del saber, el analista revelaría “la verdad”, que para Gross se reduce a la simplicidad de promover el ideal universal del amor libre [23]. En una inversión del planteo psicoanalítico, la posición del analista planteada por Freud en términos de principio de neutralidad y regla de abstinencia, necesarias para la emergencia y escucha de lo inconsciente, son puestas a cuenta de la pacatería moral de Freud, quien supuestamente estaría obsesionado con el origen exclusivamente sexual de las neurosis por razones neuróticas y no clínicas: Freud no habría tenido nunca sexo con sus pacientes. Jung interroga a Gross por una paciente de él que se suicidó. El le confiesa que intervino explicándole cómo podía suicidarse de modo efectivo, y además le propuso si no prefería ser su amante. Jung se escandaliza y le dice que eso no puede ser lo que un analista quiere para sus pacientes. En otras palabras ¿Cual es el deseo del analista? La pregunta es decisiva y en el caso de Gross se resume en suponer que una paciente suicida sería libre de decidir suicidarse, en vez de instalar un tiempo de comprender que permita situar las coordenadas inconscientes que están motivando el pasaje al acto. Trabajar las determinaciones inconscientes implica salir de la concepción de un sujeto autónomo que se declara libre de decidir, para trabajar las determinaciones inconscientes de un sujeto no autónomo sino dividido. Lo cual hubiese implicado por parte de Gross un empleo diferente del lugar de “popularidad” que ocupa para dicha paciente. Que la alternativa sea unas instrucciones sobre cómo suicidarse o sino ofrecerse como amante, no podía sino terminar en la elección de ambas cosas, dado que no sólo no son incompatibles, sino que se vuelven indiscernibles: una oferta al goce del Otro. Que al final se ponga a cuenta de la libertad de la paciente la decisión de suicidarse, con la tautología de que “la libertad es la libertad” resulta un ejercicio de cinismo.

Solo que no es tan seguro que el film de Cronenberg pretenda transmitir eso: Gross es un héroe medio loco de la libertad radical, en contraste con el mesurado y científico Freud. Jung se queda a mitad de camino y tendrá que purgar su cobardía ante sus impulsos perdiendo a Sabina, su verdadero amor, luego de darse el permiso de tener sexo con ella durante un tiempo, siguiendo los “consejos terapéuticos” de Gross.

Freud advertía contra el furor curandis de los analistas, así como la tentación de volverse mentores o directores de conciencia. El deseo del analista no es deseo de curar, o de liberar. De ahí el principio de neutralidad: la posición de analista implica dejar de lado los propios ideales, para hacer lugar a la escucha. El analista no propone algún ideal, sino que en todo caso analiza los ideales de los analizantes. El deseo que sostiene al analista debe ser para el analizante un enigma Y la regla de abstinencia constituye un modo de evitar el derrape en los anhelos imaginarios del analizante y la degradación de la función de analista, para dar lugar a la escucha y a que haya análisis. El psicoanálisis es un proceso de verdad: aquella que emerge del inconsciente del analizante, y no una revelación de convicciones del analista presentadas como “verdades” en un proceso de “reeducación” de los pacientes. Eje central que separa la ética del psicoanálisis de las morales diversas que propugnan las psicoterapias.

Para Freud, el deseo del analista implica un deseo vaciado y reducido al deseo de analizar. El deseo del analista Jung en cambio aspira más alto: Jung personaje dice al final: “Tenemos que adentrarnos en territorio desconocido. Tenemos que volver al principio de todo lo que creemos. No quiero abrir una puerta y mostrarle al paciente su enfermedad estando en cuclillas como un sapo. Quiero tratar de encontrar una manera de ayudar al paciente a reinventarse a sí mismo. Enviarlo en un viaje al final del cual esté esperando la persona que siempre estuvo destinado a ser”. Pero el film no aclara que la meta freudiana del análisis es justamente que el analizante llegue a ser quien hubiese sido, de no estar afectado por su neurosis. Y esa meta la alcanza por una vía ética y no moral. No se propone reinventar sujetos sino analizarlos.

Al final del film, Sabina le pregunta a un Jung deprimido si es cierto que tiene una nueva paciente de amante. Él lo admite, y entonces ella le hace una pregunta pertinente: “¿Cómo hace que funcione?” La respuesta desarmante y autorreferencial de Jung es: “No sé. A veces hay que hacer algo imperdonable sólo para poder seguir viviendo”. Que al final se priorice la necesidad de vivir de Jung a costa de hacer cosas imperdonables –a saber, el uso de la relación terapéutica para ponerle “perfume” a su vida, mientras disfruta de la seguridad material y familiar de su rica esposa- resulta inquietante. Para el film, eso –así- funcionaría, dado que efectivamente Sabina Spielrein se curó de su neurosis. Pero resta la pregunta de si no se curó recién cuando se curó de Jung…

Bibliografía

Carotenuto, Aldo (1984). Una secreta simetría. Sabina Spielrein entre Freud y Jung. Barcelona: Gedisa.

Freud, S. & Jung, C. (1979). Correspondencia. Madrid: Taurus.

Freud, S. (2006 [1896]). Estudios sobre la histeria. En Obras Completas, Volumen II, Buenos Aires: Amorrortu Ediciones

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Hampton, C. (2002). The talking cure. Vintage Books

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Kerr, J. (1995). La historia secreta del psicoanálisis. Barcelona: Crítica

Lacan, J. (2002 [1966]). De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis. En Escritos 2. Buenos Aires: Siglo XXI Editores




[1] El tema de la permutación de lugares es casi omnipresente en la obra de Cronenberg. Para tomar un ejemplo: en M. Butterfly, el embajador francés René Gallimard pasa de ser amante de Song Liling, que actúa de personaje femenino de la ópera Madame Butterfly, a devenir Madame Butterfly, una geisha que se suicida por amor. A su vez, Song Liling, un espía comunista que se disfraza de geisha, pasa a ser un elegante hombre de traje y corbata, que era el lugar de Gallimard.

[2] Ni, dicho sea de paso, al cine: en todo caso es el cine como arte el que puede interpelar al psicoanálisis, incluso allí en donde aquel toma a éste como tema.

[3] El film es una adaptación de la obra de teatro de Christopher Hampton The talking cure, a su vez basada en el libro de John Kerr A most dangerous method: the story of Jung, Freud, and Sabina Spielrein (conocido aquí como La historia secreta del psicoanálisis).

[4] Todavía en 1909, en las conferencias de la Clark University de Estados Unidos, Jung seguía con el tema. Al punto que sus tres conferencias fueron sobre el test de asociación de palabras y lo que revelaría sobre los complejos infantiles. Sobre dicho test comentó Freud pocos años después: “Dentro del tratamiento psicoanalítico, el experimento de asociación posibilita un análisis cualitativo provisional del caso, pero no presta una contribución esencial a la técnica y en verdad es prescindible en la ejecución de análisis”. (Freud, S. Historia del movimiento psicoanalítico)

[5] En el film, Jung le dice a su esposa: “Lo que no entiendo es ¿Por qué Freud, habiendo propuesto esta idea terapéutica radical, esta cura por la palabra, este Psicoanálisis, entonces deja pasar los años sin dar incluso el más elemental esquema de sus procedimientos clínicos? ¿A qué está jugando? ¿Es de suponer que utiliza el método en sus pacientes?”.

[6] Sobre esta cuestión dice Lacan: “Es capital comprobar en la experiencia del Otro inconsciente en la que nos guía Freud que la cuestión no encuentra sus lineamientos en protomorfas profusiones de la imagen, en intumescencias vegetativas, en franjas anímicas que irradiasen de las palpitaciones de la vida. Ésta es toda la diferencia de su orientación respecto de la escuela de Jung que se apega a tales formas: Wandlungen der libido. Esas formas pueden ser promovidas al primer plano de una mántica, pues pueden producirse por medio de las técnicas adecuadas (promoviendo las creaciones imaginarias: ensoñaciones, dibujos, etc.) en un emplazamiento ubicable: esto se ve en nuestro esquema (Esquema L), tendido entre a y a´, o sea en el velo del espejismo narcisista, eminentemente apropiado para sostener con sus efectos de seducción y de captura todo lo que viene a reflejarse en él. Si Freud rechazó esa mántica, fue en el punto en que ella desatendía a la función directora de una articulación significante, que toma su efecto de su ley interna y de un material sometido a la pobreza que le es esencial….” Lacan, J.; “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, en Escritos 2.

[7] Así, por ejemplo, luego del primer encuentro con Freud, Jung dice que debe tener cuidado con el creador del psicoanálisis porque “es tan persuasivo que te hace sentir que debes abandonar tus propias ideas y simplemente seguir las suyas”.

[8] Según Jung, lo que sucedió fue que: “Mientras Freud exponía sus argumentos, yo sentí una extraordinaria sensación. Me pareció como si mi diafrag¬ma fuera de hierro y se pusiera incandescente -una cavi¬dad diafragmática incandescente. Y en este instante sonó un crujido tal en la biblioteca, que se hallaba inmediata¬mente junto a nosotros, que los dos nos asustamos. Creí¬mos que el armario caía sobre nosotros. Tan fuerte fue el crujido. Le dije a Freud: “Esto ha sido un fenómeno de exteriorización de los denominados catalíticos”. “¡Bah -dijo él-, esto sí que es un absurdo!” “Pues no”, le respondí, “se equivoca usted, señor pro¬fesor. Y para probar que llevo razón le predigo ahora que volverá inmediatamente a oírse otro crujido”. Y, efectiva¬mente: ¡apenas había pronunciado estas palabras se oyó el mismo crujido en la biblioteca!” (Jung, C.; Recuerdos, sueños y pensamientos)

[9] Carta de Freud a Jung (16 de abril de 1909), a propósito del “duende golpeador”: “En mi primera habitación hay constantemente crujidos… En la segunda habitación, allí donde lo oímos, cruje muy raras veces. Al principio habría considerado como una prueba el hecho de que los ruidos, tan frecuentes durante su presencia, no se hubiesen vuelto a oir; pero desde entonces se han repetido, si bien jamás en relación con mis pensamientos y jamás cuando me ocupaba de usted o de este especial problema de usted. (Ni tampoco ahora, agrego como provocación). La observación fue en cambio muy pronto devaluada por otras cosas. Mi credulidad, o al menos mi disposición a creer, se esfumó con el encanto de su presencia personal aquí… el mobiliario, libre de trasgos, está ante mí como la naturaleza desdivinizada ante el poeta tras haber partido los dioses de Grecia”. Y le agrega una experiencia propia en la que creyó encontrar el número 60 ó 61 en diferentes situaciones (Freud en ese momento tenía la convicción de que iba a morir a esa edad), para explicarlo por dos aspectos: “en primer lugar, por la atención enormemente aumentada a partir del inconsciente, y que ve una Helena en toda mujer, y en segundo término, por la innegablemente presente “salida al encuentro” por parte del azar, que desempeña para la formación del delirio el mismo papel que la “salida al encuentro” somática con respecto al síntoma histérico y al verbal para el chiste”.

[10] “Ya Freud me acusó de antisemita porque me sentía incapaz de experimentar su materialismo sin alma. Con esta propensión a husmear por doquier el antisemitismo los judíos terminan suscitando el antisemitismo. No comprendo por qué el judío no puede admitir, tanto como el pretendido cristiano, que cuando se tiene una opinión sobre él no se le está criticando. ¿Por qué hay que suponer siempre inmediatamente que se quiere condenar al pueblo judío en su conjunto? (...) Considero que es una manera inadmisible de cerrar el pico al adversario”. (Carta de Jung a J. Kirsch, 25 de diciembre de 1934).

[11] Los azotes que Jung le propina a Sabina como parte del encuentro sexual, sustituyendo al padre de la escena infantil traumática de ella, son una ocurrencia de Cronenberg y su guionista.

[12] En Recuerdos, sueños, pensamientos, dirá: “Las premisas teóricas sólo deben aplicarse con mucho cuidado. Hoy quizás son válidas, mañana pueden serlo otras. En mis análisis no juegan ningún papel. Intencionadamente no soy sistemático. Frente al individuo no hay para mí más que la comprensión individual. Para cada paciente se requiere un lenguaje distinto”. Para Jung el método es que no haya método alguno, trabajando en una relación de supuesta paridad entre sujetos que hablan. Como si el lugar simbólico que ocupa como analista para el analizante pudiese ser anulado con el simple expediente de salir a caminar juntos. Todavía hoy hay terapias que sostienen el valor terapéutico de que el psicólogo “se baje del pedestal” y establezca una relación de amistad como parte de la cura. Lo que paradójicamente supone una posición de falsa condescendencia: siempre está en juego el hecho de que ocupa un lugar idealizado para el analizante en la transferencia, aunque se disponga a sostener el semblante de amigo. Se trata, al fin y al cabo, de una impostura.

[13] Y de promoción del delirio en el peor, dado que Jung cree de verdad en que no hay casualidades y todo tiene sentido. No hay “real” para Jung. E interpreta los efectos imaginarios de la transferencia en términos de lectura de pensamiento y destino.

[14] Sabina Spielrein. “Cartas y Diario” (1909-1912), en Aldo Carotenuto. Una secreta simetría. Sabina Spielrein entre Freud y Jung, Gedisa, Barcelona, 1984

[15] Freud, S. & Jung, C.; Correspondencia, Taurus, Madrid, 1979, pag. 254 y ss. El film de Cronenberg no sigue de cerca todo el intercambio de las cartas ocurrido con motivo del affaire Spielrein. Pero vale la pena detenerse en las mismas.

[16] Ob. Cit. Pag. 358.

[17] Ob. Cit. pag. 259.

[18] Ob. Cit. pag. 265.

[19] Wilhelm Fliess (1858-1928) fue un otorrinolaringólogo nacido en Polonia, que desarrolló su actividad profesional en Berlín, y con quien Freud sostuvo una relación de amistad y un intercambio epistolar en los inicios de sus investigaciones (1884-1904). Es conocida la tesis de Didier Anzieu de que el “autoanálisis” de Freud en verdad se sostuvo en la relación transferencial con Fliess. El carácter altamente especulativo e “imaginativo” de las teorías que Fliess proponía (por ejemplo, el estudio de correspondencias estructurales entre los órganos genitales femeninos y la nariz, o el estudio de “periodicidades” en los sujetos humanos a partir del modelo de los ritmos menstruales) constituyen hoy en día ejemplos de delirio científico.

[20] El 21 de junio de 1909 Jung le confiesa finalmente a Freud la verdad. Entre otras cosas, le dice “Teniendo en cuenta la circunstancia de que la paciente había sido poco antes amiga mía y que gozaba de una amplia confianza por mi parte, mi modo de actuar fue una canallada inducida por el miedo, y que confieso a usted, como padre mío, de muy mala gana”. La autoridad paterna de Freud se restituye para una escena de confesión de mala gana, o mejor, de mala fe. De paso: invierte la temporalidad de la secuencia de la relación con Sabina al decir que es una paciente que fue antes amiga. En verdad fue una paciente que luego devino amante y a la que después volvió a cobrarle sesiones para poder decir que es nuevamente paciente.

[21] Juan Jorge Michel Fariña me hizo notar que las sesiones entre Jung con Gross permiten evocar aquella historia que cuenta Freud en Puntualizaciones sobre el amor de transferencia acerca de un agente de seguros ateo que está a punto de morir, a quien sus allegados le envían un pastor para que lo convierta a la fe. Luego de varias horas, el asegurador no se ha convertido, pero el pastor sale con un seguro de vida. La moraleja freudiana que se desprende para la clínica es que el analista moralmente bienintencionado es como aquel tonto pastor: no sólo sus palabras no tienen efecto alguno, sino que la relación se invierte y resulta tomado por el discurso de aquel a quien debía ayudar.

[22] La escena del Dr. Gross en el consultorio de Jung evoca la relación que se entabla en otro célebre film de Cronenberg: Crash. Allí el desquiciado de Vaughan iniciaba a Ballard en una vía de goce desconocida hasta ese momento. Aquí es Gross quien termina iniciándolo en los “beneficios terapéuticos” de la involucración sexual bajo transferencia. Los lugares entre analista y analizante se invierten, al punto que es Jung quien va a terminar fascinado atribuyéndole a Gross el lugar de Sujeto supuesto Saber acerca de la sexualidad y la cura.

[23] La historia de la sexualidad de la segunda mitad del siglo XX en Occidente y las variadas experiencias de liberación sexual son una prueba suficiente de lo descaminado del planteo: la actual promoción de la sexualidad hasta límites insospechados en épocas de Gross no han contribuido en lo más mínimo a la disminución de las patologías mentales.

 
  INDICE
 
  Editorial [pp 9-12]
Un método peligroso. La transferencia amorosa, un siglo después
A dangerous method | D. Cronenberg | 2011
Juan Jorge Michel Fariña, Alejandra Tomas Maier, Eduardo Laso, Irene Cambra Badii, Moty Benyakar
 
  pp. 13-21
Transferencia y deseo del analista
A dangerous method | D. Cronenberg | 2011
Eduardo Laso
 
  pp. 22-29
El desfiladero de la transferencia amorosa
A dangerous method | D. Cronenberg | 2011
Elizabeth Ormart
 
  pp. 30-35
Notas a "Observaciones sobre el amor de transferencia", de Sigmund Freud
A dangerous method | D. Cronenberg | 2011
Carlos Gutiérrez
 
  pp. 36-42
Cronenberg-Wagner y el subtexto musical de la relación entre Jung y Freud
A dangerous method | D. Cronenberg | 2011
Juan Jorge Michel Fariña, Natacha Salomé Lima
 
  pp. 43-47
El alma de Sabine Spielrein
Prendimi l’anima | The soul keeper | GB, Francia, Italia | 2003
Julio Ortega Bobadilla
 
  Reseña de libros [pp. 48-53]
Bioetica e cinema: Racconti di malattia e dilemmi morali
Paolo Cattorini, Facultad de Medicina, Università degli Studi dell´Insubria, Italia
Traducción, selección y comentarios de Natalia Perrotti
 
 
Programa de Estudios Psicoanalíticos. Ética, Discurso y Subjetividad. CIECS (CONICET y UNC) y Cátedra de Psicoanálisis. Facultad de Psicología.
Universidad Nacional de Córdoba
Departamento de Ética, Política y Tecnología, Instituto de Investigaciones y Cátedra de Etica y Derechos Humanos, Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires