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Fresa y chocolate. Del síntoma al amor
Fresa y Chocolate | Tomás Gutierrez Alea, Juan Carlos Tabío | 1993
Javier Ladrón de Guevara Marzal

La Habana, años 90: Cuba atraviesa por una de las peores crisis de su historia. La caída del paradigma soviético del marxismo-leninismo influyó notablemente en las esferas económica, social e ideológica del país. Los cambios producidos en el mapa político del mundo, permitieron que afloraran – ya de forma más abierta y acelerada –, un sinnúmero de malestares en la vida cotidiana del cubano, como consecuencias de diversos errores cometidos por interpretaciones del proyecto de la Revolución cubana, emprendido en 1959. Lejos de cumplirse el sueño del igualitarismo y del surgimiento del “hombre nuevo” cubano, las diferencias sociales se hicieron más agudas y empezaron a salir a la luz pública críticas y demandas de sectores vulnerados por la aplicación de una política totalitarista. En nombre de un ideal de justicia, lo único que se obtuvo ha sido un aplastamiento de la individualidad y la segregación de minorías representantes de la diversidad.
Uno de los grupos sociales que más sufrieron la aplicación de dicha política fue el de los homosexuales, quienes fueron blancos de cruzadas depuradoras en nombre de “La Revolución” y de una correcta formación de los jóvenes comunistas. Al respecto, el autor Jon Hillson, cita al líder de la Revolución cubana Fidel Castro, cuando dice:

Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permita considerarlo un verdadero revolucionario, un verdadero comunista. Una desviación de esa naturaleza choca con el concepto que tenemos de lo que debe ser un militante comunista. (Hillson, 2001, s/p).

Durante muchos años en Cuba, la homosexualidad fue considerada una desviación, por lo tanto, desde la mentalidad dirigente de entonces era necesario evitar su influencia en los jóvenes y eliminar su propagación. Pero ya en la década del 90 comenzaron a aparecer espacios de crítica y denuncia, bastante atrevidos, que si bien en esos años eran muy pocos, aislados y con una divulgación casi nula, sirvieron como antecedentes de un movimiento social de apoyo y por la aceptación y respeto de lo diverso.
Un ejemplo de esos primeros actos de denuncia y probablemente su emblema, es la película cubana Fresa y Chocolate (1993), que narra una historia sobre la amistad y el amor entre dos hombres – uno de ellos gay – en una sociedad intransigente frente a la homosexualidad. La película, constituye un acercamiento audaz a la realidad cubana de los años 90, al fenómeno de la intolerancia ante lo diferente y a la complejidad de las relaciones humanas, logrando mostrar, de un modo bastante real, los prejuicios que ampararon las injusticias cometidas en Cuba contra todo lo que representara la variedad sexual.
Fresa y Chocolate está inspirada en un cuento del escritor cubano Senel Paz, titulado El lobo, el bosque y el hombre nuevo; fue dirigida por Juan Carlos Tabío y Tomás Gutiérrez Alea y su puesta en escena tuvo lugar en el año 1993.

De los diferentes temas que desarrolla el filme, nos interesa destacar el del amor. Los protagonistas de la película y de este conflicto amoroso son David (Vladimir Cruz) y Diego (Jorge Perugorría), dos jóvenes cubanos, con diferentes maneras de ver la realidad cubana y con intereses sexuales distintos. David es universitario, militante de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba y Diego, un intelectual que, a causa de una posición crítica hacia el sistema socialista cubano y por su orientación homosexual, ha sufrido las incomprensiones y agresiones de la ideología estalinista imperante en esos años.
Lo que comienza como un juego perverso termina en amor incondicional, en una amistad verdadera que sus dos protagonistas tienen que defender al costo de ser marginados y separados el uno del otro, a través de la emigración forzada de Diego, el más vulnerable ante la sociedad machista cubana.

Primer tiempo: La apuesta perversa y el síntoma.

Esta historia de amor comienza en una heladería. Diego va junto a su amigo Germán (Joel Angelino), y su mirada se tropieza con David, un muchacho cualquiera, muy bien ajustado al modelo ideal de “joven comunista” y que buscaba lo mismo que los otros dos: tomar un helado. La soledad de la mesa de David provoca ser conquistada, aunque de los otros dos, será Diego el asaltante que se convierte, con toda intención, en una presencia invasiva, molesta, como objeto aplastante por su goce (Lacan, 1963-1964). La estrategia será seducir a David a toda costa, desde ya convertido en el blanco de su lujuria. Cabe aclarar que no hay que interpretar el acto perverso de Diego como rasgo universal de la elección homosexual de objeto, pues no se trata de eso, bien pudieran ser dos hombres heterosexuales frente a una mujer. Lo que está detrás es un juego, una apuesta entre dos amigos que luego tomará otro camino, pero no nos apresuremos, esto aún no ha sucedido. En el punto donde estamos, lo que tenemos es la maniobra para cazar a David, su rigidez de joven macho alimenta el deseo homosexual de Diego quien acierta que en la literatura y el teatro está la debilidad de su víctima, pero no será muy fácil para él. David se defiende del invasor, se resiste, parapetado con orgullo detrás de su carnet rojo, emblema de su identificación a la masa comunista y a la comunidad heterosexual.
En el inicio, lo que prevalece es el deseo de Diego, completamente separado del amor, fórmula de la homosexualidad masculina de la que habla Miller (1992) en “Los laberintos del amor”. Lo único que le importa a Diego, como parte de una apuesta con su amigo gay, es seducir a David, “llevarlo a la cama”. Alcanza algo de satisfacción cuando, como parte de su táctica, le derrama el café en la camisa: logra verle el torso desnudo y se moja los labios, tal vez imaginando lo que pudiera venir después. La camisa tendida en el balcón, será la señal para el amigo voyerista del acto consumado.
De cierta forma, ya David está enrolado en el juego, debe recuperar las fotos, anzuelo escópico que elige morder. Tal vez piense que no debe permitirse ser mirado por un homosexual, que debe impedir que su imagen sea el objeto fetichista de Diego o quizás, sin saberlo, anhela encontrarse con un buen libro, de esos que escasean en la lista de “la juventud” [1] , pero de eso no estamos seguros, solo podremos hacer conjeturas.
“La guarida”, nombre con que Diego bautiza su apartamento, es un significante que le viene muy bien al lugar donde ocurrirán los encuentros: llevar a la presa hasta el refugio y así devorarla. Allí hay objetos que deslumbran a David, sobre todo los libros, pero también un universo intelectual desconocido para él, que en “la juventud” no existía. De pronto, un exceso de Diego echa a perder su montaje. Su goce se muestra en demasía, descarnado, al querer contarle al otro su primera relación homosexual, provocando su angustia, asustándolo y logrando así que se escapara su presa.
Lo cierto es que Diego, “el maricón”, se ha convertido en un síntoma para David, ya no le es indiferente, le molesta bastante y hasta lo denuncia ante un compañero de estudios, que también es un militante comunista. Entre los dos elaborarán una estrategia para combatir a David, “un tipo que no le es fiel a su propio sexo”.

Segundo tiempo: La falta en el otro, condición del amor.

David regresa a casa de Diego con el pretexto de recoger un libro que se le había quedado en “La guarida”, esta vez motivado por la “misión” de investigar y denunciar lo que para ellos se presenta como peligroso para la Revolución. Pero, ¿es sólo eso lo que lo lleva a “La guarida”, al encuentro con Diego? O ¿es que a estas alturas de la relación, detrás del síntoma que le resulta Diego, ya podemos suponer algo de satisfacción libidinosa en juego? (Freud, 1916). David se deja conducir por lo que le orienta el colega militante, que bien pudiéramos nombrar como representante del superyó que le empuja a gozar (Lacan, 1972-1973).
Ahora bien, del lado de Diego, ¿qué ocurre? Sorpresa, no esperaba esa visita y este cambio marcará el segundo momento de su relación con David. El regresar al apartamento, volver luego varias veces y de un modo más dócil, hace aparecer algo amable en él (Miller, mayo de 2011). El deseo de antes, separado del amor se transforma y pasa al orden de lo femenino. David tiene muy poco dominio de la cultura cubana, de músicos y escritores clásicos y es ahí cuando comienza a ser amado, cuando su falta emerge (Miller, 1992) y dejará de ser el objeto del deseo sexual del otro para convertirse en objeto de amor. Diego está seducido definitivamente, enamorado. La presa que había que “llevar a la cama” y devorar, será ahora el blanco de su amor. El goce perverso que desplegara en la heladería y que angustiaba a David, pasa a convertirse en un amor maternal, en una especie de “tutor” que le cuidará y enseñará de literatura y arte, intentando llenar su falta, completarlo. Diego disfrutará de su presencia, se conformará con esos encuentros y la amistad que le acepta David.

Las muestras de amor de ambos comienzan a aparecer en este segundo momento. El cambio de posición de David se nota cuando este colega de la juventud, al que llamaremos “representante del superyó”, le dice que Diego puede ir preso, lo que al final sería el logro exitoso de la misión planeada, pero ya a David no le interesa eso, el “maricón” ahora es su amigo y disfrutan de la compañía mutua. David además es capaz de mostrarle a Diego su bien más preciado: unos cuentos que había escrito y que se los da para que los revise, otra muestra de que también de su lado comienza a haber amor, aunque no de la manera en que el otro quisiera.
Hay otra escena donde se hace notorio el punto sublime del amor de Diego y su renuncia a David como objeto sexual. Ocurre cuando prepara una cena a la que invita a Nancy (Mirta Ibarra), una prostituta, quien será la encargada de iniciar a David en el sexo. Diego es capaz de sacrificar su objeto de amor para verlo completo, entregándolo a la prostituta. Es lo que Miller (marzo de 2011) llama “prueba de amor”: “pasa por el sacrificio de lo que se tiene, es sacrificar a la nada lo que se tiene...”

Tercer tiempo: Separación.

Diego se va del país, sus críticas al sistema han sobrepasado el estrecho margen de tolerancia del aparato represor y cree que tiene muy pocas posibilidades de encontrar trabajo y ser aceptado. A partir de este punto, comienza una crisis entre él y David, quien cree aún en el sistema socialista cubano y está convencido de que es posible ser “maricón” y vivir en este país, que los errores cometidos por la intolerancia algún día serán enmendados. Pero no hay solución, la suerte está echada, Diego está decidido y la separación es inevitable. Es aquí que la falta del otro se hace más real, y en esa falta encarnada encontramos un rasgo de feminización: David deja de lado su ideal masculino y abraza a Diego, no solo porque este lo pidiera, sino porque él también lo necesitaba. La escena de ese abrazo, al final, expresa el dolor por la separación del otro, pero también es el símbolo de la transformación de un síntoma en un amor, posible, amistad correspondida entre dos personas de intereses sexuales distintos. Es otra vez una apuesta, pero distinta, ya no se trata de seducir a alguien como al inicio, sino de sostener una amistad ante la incomprensión, aunque uno de los dos deba marcharse.

La homofobia en Cuba: a los 20 años de Fresa y Chocolate.

Sobre las manifestaciones homofóbicas en la sociedad cubana, es alentador saber de una disminución en los niveles de represión y que ya no son oficiales, aunque los cambios resultan demasiados lentos aún, sobre todo para quienes más lo padecen. De todas formas, hay que destacar la existencia en la actualidad de instituciones como el Centro Nacional de Educación Sexual (CENESEX) que velan por los derechos de estas personas, con actividades que promueven el respeto a las diferencias y espacios de inclusión para ellos.
En el 2013 se cumplieron 20 años del estreno de Fresa y Chocolate y sigue siendo uno de los films más importantes de la cinematografía cubana. Marcó una nueva etapa para un tratamiento más abierto al tema de la intolerancia ante la diversidad sexual en nuestro país y su mensaje ha logrado expandirse a otras manifestaciones artísticas. Ganadora de “El Oso de Plata” en el Festival de Berlín, el “Goya” en España y siendo la primera y única película cubana nominada al Oscar, sigue dando de qué hablar, toda vez que muchos de los temas que trata aún están por resolverse en la Cuba de hoy.

Referencias

Freud, S. (1916) “Conferencia 23. Los caminos de la formación de síntoma.” CD-ROM.

Hillson, J. (2001) La política sexual de Reinaldo Arenas: realidad, ficción y la verdadera historia de la revolución cubana en CENESEX. 22 de marzo del 2001 Recogido el 6/01/2014 de: http://www.cenesex.sld.cu/webs/diversidad/Arenas.html

Lacan, J. (1963-1964) “Seminario 10 La Angustia.” CD-ROM.

Lacan, J. (1972-1973) “Seminario 20 Aún.” CD-ROM.

Miller, J.-A. (1992) “Los laberintos del amor” en Blogspot: Psicoanálisis a la luz del cine. Publicación del 14 de febrero de 2012. Traducción de Héctor Mendoza. Recogido el 5/01/2014 de: http://hectormendoza.blogspot.com/search?q=los+laberintos+del+amor

Miller, J.-A. (3 de marzo de 2011) “Signo de amor” en Página/12. Suplemento Psicología. Recogido el 6/01/2014 de: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-163348-2011-03-03.html

Miller, J.-A. (mayo de 2011) “Sobre el amor” en Varité. Nueva Escuela Lacaniana del Campo Freudiano. México D.F. Recogido el 6/01/2014 de: http://www.nel-mexico.org/articulos/seccion/varite/edicion/Problemas-de-pareja/352/Sobre-el-amor-Jacques-Alain-Miller



NOTAS

[1“La juventud”: denominación popular de la Unión de Jóvenes Comunistas de Cuba (UJC). Es una organización que ha intentado ser líder de los jóvenes cubanos.